El padre


Título original: The father
Duración: 1hr 37mins
País: Reino Unido
Año: 2020
Director: Florian Zeller
Guion: Florian Zeller, Christopher Hampton
Reparto: Anthony Hopkins, Olivia Colman, Olivia Williams, Imogen Poots, Mark Gatiss, Rufus Sewell, Ayesha Dharker, Evie Wray, Roman Zeller, Scott Mullins
Género: Drama
Mi puntuación:   8 / 10

Anne (Olivia Colman) es una mujer de mediana edad que lleva tiempo cuidando con celo a su octogenario padre Anthony (Anthony Hopkins), visitándole a diario y dándole toda la ayuda y atención que necesita. Todo cambia cuando un día Anne le cuenta a su padre que ha conocido a alguien y que quiere irse a vivir con él a otra ciudad, proponiéndole la idea de buscar a una persona que se encargue de él, además de asegurarle que le visitará con frecuencia los fines de semana. Pero Anthony se niega a aceptar este repentino cambio de rutina y rechazará empecinadamente cualquier intento de ayuda externa.

Este es el punto de partida de El padre, un notable drama que en mi opinión es la mejor película de ese paupérrimo año que cinéfilamente hablando fue 2020 (no hay más que ver el nivel medio de las nominadas a los grandes premios de la temporada, la mayoría no hubiera estado ni cerca de optar a ellos en años «normales»). Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer al leer su sinopsis o ver sus primeros minutos de metraje, la película no se centra en abordar cómo es una relación paternofilial cuando padre e hija ya tienen una cierta edad, o en mostrar el inevitable conflicto que vive Anne entre el deber moral de cuidar a su padre lo mejor que pueda y el derecho a tener su propia e independiente vida. Esas cuestiones obviamente también están expuestas, pero la película pronto pone el foco en algo que a mí me ha resultado mucho más inquietante como lo es el estado de salud mental de Anthony, ya que no tardamos nada en descubrir que padece algún tipo de demencia o, más concretamente, alzhéimer en alguna etapa bastante más avanzada de lo que parecería a priori.

La forma en la que descubrimos eso me parece uno de los principales puntos fuertes del filme, puesto que es como si el espectador lo comprendiese a la vez que lo hace el propio Anthony. Así, situaciones, conversaciones y personajes secundarios que podríamos creer que eran reales, con el paso de las escenas ya no lo parecen tanto, comenzamos a dudar si lo que hemos visto no es solo una «ensoñación» del personaje y nos sumimos en la misma confusión que, supongo, sentirá alguien que sufre una enfermedad de este tipo y que apenas puede distinguir lo que ha ocurrido realmente de lo que solo es fruto de su perturbada mente o incluso de algún recuerdo lejano que ha trasladado a su presente.

Además, esa confusión está narrada con cierto aire de thriller o de intriga, lo que hace que el espectador se interese completamente intentando distinguir lo real de lo ficticio y así se involucre y empatice con Anthony, pese a que no es un personaje especialmente simpático ni amable. Es más, en no pocas ocasiones saca a relucir de forma repentina una cara muy cruel, que quizás sea fruto de la impotencia al ser consciente de que su mente no funciona como debería, pero con la que hace daño intencionadamente a los que le quieren o a los que intentan ayudarle.

El veterano Anthony Hopkins está soberbio en su papel (el próximo Oscar al mejor actor protagonista debería llevar su nombre escrito), logrando transmitir el caos mental, la rabia y la frustración de su personaje y siendo capaz de emocionarme sin caer en el melodrama barato. Su pena y su tormento resultan auténticos, especialmente en el tramo final en el que parece aceptar su enfermedad e incluso estarse preparando para una pronta muerte, pero es que además consigue arrancarnos más de una sonrisa (incluso carcajada) en las puntuales ocasiones en las que Anthony saca a relucir su vena más simpática y gamberra, momentos en los que parece retornar fugazmente a su niñez o juventud (y quizás en su mente así sea). Y es que se agradece que haya algún momento así en la película, más liviano, para que no sea únicamente un drama desolador. Junto a él no desentona en absoluto Olivia Colman, una actriz que está cerca de la cincuentena pero a la que no conocí hasta hace cuatro o cinco años (La favorita, The crown) y que desde entonces me parece que es una de las más grandes intérpretes actuales. Su dolor al ver que su padre está perdiendo literalmente la cabeza, sumada al debate interno entre lo que debe hacer y lo que realmente quería, también es completamente genuino y sus lágrimas contenidas «llegan», afectan al espectador.

Si bien es cierto que el filme no descubre nada que no hayamos visto ya acerca de la demencia senil o de la problemática del cuidado de los mayores, y que a parte del público no le gustará su marcado aspecto «teatral», basado en diálogos y escenas rodadas con pocos personajes y casi siempre en el mismo escenario (de hecho, es una adaptación de una obra teatral del propio director del filme, el francés Florian Zeller, que hasta ahora nunca había dirigido un largometraje), a mí me ha enganchado completamente al conjugar drama con cierta intriga puesto que eso la aleja de otros filmes que abordan la misma temática. Eso sí, pese a que como ya he comentado antes contiene algún puntual momento casi cómico, no es una obra que deje «buen cuerpo» ya que lo que narra es muy triste y duro. E incluso aterrador, ya que es inevitable que mientras la vemos nos preguntemos en qué condiciones físicas y, sobre todo mentales, llegaremos a ser octogenarios (si es que llegamos a serlo). Da auténtico miedo pensar que pueda haber un momento a partir del que, como Anthony, ya no recordemos quiénes son las personas que tenemos a nuestra vera ni qué es lo que está pasando realmente a nuestro alrededor.

Siento como si estuviera perdiendo todas mis hojas…
las ramas, el viento, la lluvia… ya no sé ni qué está pasando.

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