Te doy mis ojos


Título original:
Te doy mis ojos
Duración: 1hr 46mins
País: España
Año: 2003
Director: Icíar Bollaín
Guion: Icíar Bollaín, Alicia Luna
Reparto: Laia Marull, Luis Tosar, Nicolás Fernández LunaCandela Peña, Rosa Maria Sardà, Sergi Calleja, Kiti Mánver, Elisabet Gelabert, Elena Irureta, Chus Gutiérrez, Dave Mooney, Francesc Garrido, Antonio de la Torre, Aitor Merino, Roberto Álamo
Género: Drama.
Mi puntuación:   8,5 / 10

Te doy mis ojos comienza mostrándonos cómo una madre alteradísima (interpretada por Laia Marull) recoge un poco de ropa de su casa y sale casi huyendo de ella junto a su hijo pequeño, para ir a ver su hermana (a la que da vida Candela Peña) en busca de ayuda. No tardaremos en comprender que el motivo de su nerviosismo es que acaba de ser agredida por su marido (Luis Tosar), quien no tardará en ir en su búsqueda para intentar convencerla de que vuelva con él.

Esa primera escena ya da buenas pistas acerca del tremendo drama que vamos a ver, que aborda de forma difícilmente mejorable el tema del maltrato doméstico y la violencia machista. Primero porque expone muy gráficamente la teoría del ciclo de la violencia de género de Leonor Walker, que identifica tres fases que se repiten en estas situaciones: primero una fase de acumulación de la tensión, a continuación se daría el «estallido» o la agresión (la película parte de esta fase, pero luego iremos viendo cómo la pareja protagonista pasa por todas ellas) a la que después seguiría la fase de arrepentimiento o «luna de miel» (con las típicas promesas de «Voy a cambiar, Pilar, te lo juro» o frases como «¿Es que ya no me quieres?», etc.). Tras ello, la víctima suele acabar cediendo y todo vuelve a la primera fase, en un ciclo que cada vez será más corto. Esto, como ya digo, deja de ser mera teoría y en Te doy mis ojos lo vemos representado de forma dolorosamente creíble.

Además, la violencia que se nos muestra, o que se intenta denunciar aquí, no es solo la física (de hecho el filme no recurre a las típicas escenas facilonas de ese tipo), sino también la psicológica, que quizás es aún peor porque supone el dominio completo de la víctima, que termina sintiéndose totalmente anulada. La terrible escena del balcón es un gran ejemplo de ello. Además, como también expone perfectamente la película, en estos casos suele sumarse la incomprensión de las personas que rodean y quieren de verdad a la víctima pero que no son capaces de ponerse en su piel, con la frustración aún mayor que ello supone. «¿Pero cómo aguantas eso, por qué no te separas?» le dice la hermana a la protagonista, mientras su madre más chapada a la antigua le insta a que arreglen la situación con su marido. Ambas actitudes son comprensibles, pero ellas no se dan cuenta de que lo que hacen es presionar aún más a la víctima y hacerla sentir todavía peor. Por si fuera poco, la protagonista de esta historia cuenta con la dificultad añadida de tener un hijo menor que no alcanza a comprender la situación y que quiere ver a su padre, lo que casi impide cualquier intento de separación o alejamiento.

Pero, a diferencia de lo que solemos ver en otras películas que abordan esta compleja situación, aquí el retrato del maltratador es también más profundo. Es un tipo celoso, posesivo e irascible, pero por encima de todo es alguien penosamente frustrado consigo mismo, lo cual termina pagando con los demás. Y alguien que, a su modo y por contradictorio que suene, quiere a la persona a la que termina maltratando una y otra vez, no es un «monstruo» sin sentimientos. Incluso veremos cómo intenta «cambiar» de verdad, yendo a grupos de autoayuda o de control de la ira con otros maltratadores y siendo tratado por un psicólogo. Pero es incapaz de ponerse en la piel de su pareja, a la que ve como una posesión suya. No hay más que escuchar las conversaciones con el terapeuta, en las que todo gira en torno a él, en torno a su propia inseguridad, y así no hay posibilidad de «cambiar» ni de «mejorar». Aunque el hecho de que aquí se muestre al maltratador como una persona compleja no conlleva que se justifiquen sus actos y agresiones, dado lo bien descrito y expuesto que está todo.

Es decir, tanto la víctima como el maltratador parecen personas reales gracias lo bien que les define el guion. Y no creo que las cosas que vemos sean clichés, aunque nos resulten poco sorprendentes y muy oídas por desgracia. Son situaciones que, estoy seguro, se viven y se repiten de una forma u otra en todos los casos de violencia machista.

Todo ello se sustenta en la sobria dirección de Icíar Bollaín, una buena directora pero que nunca ha vuelto a alcanzar este nivel, y en las contundentes actuaciones de Luis Tosar, aterrador por momentos en el desagradecido rol del maltratador que le toca representar, y, sobre todo, de una Laia Marull que consigue la dificilísima tarea de hacerte sentir el auténtico miedo, la angustia, la frustración y la impotencia total de su personaje.

No es una película agradable de ver, por supuesto que no, pero es absolutamente necesaria, incluso me atrevería a decir que deberían ponerla en todos los institutos. Y va más allá de su valor pedagógico, por así decirlo, ya que como historia también es potente desde su arranque, desoladora casi siempre e incluso emotiva en ocasiones, y te hace sentir, sufrir e implicarte de lleno con la protagonista. Solo flojea en alguna subtrama (la boda de la hermana, por ejemplo) que alarga un tanto innecesariamente el metraje, por lo demás me parece intachable.

Ya no sé quién soy,
hace tanto que no me veo…
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