King Kong



Título original:
King Kong
Duración: 1hr 40mins
País: Estados Unidos
Año: 1933
Director: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack
Guion: James Ashmore Creelman, Ruth Rose
Reparto: Fay Wray, Robert ArmstrongBruce Cabot, Frank Reicher, Sam Hardy, James Flavin, Noble Johnson, Steve Clemente
Género: Aventuras. Fantasía.
Mi puntuación:   8,5/ 10

Creo que incluso quienes no han visto o leído ninguna de las muchas películas, cómics o novelas basadas en la figura de King Kong conocen su historia, la de un director de cine que se embarca en un viaje a una inexplorada isla en la que, al parecer, habita un misterioso ser llamado Kong por los nativos, para grabarle e incluir esas imágenes en su próximo filme. Para tal empresa contrata a un puñado de expertos marineros y a una desconocida actriz llamada Ann, que se suma a la aventura con la promesa de que será la protagonista de la película y sin sospechar que ella será la primera que, muy a su pesar, descubra cómo es el tal Kong. De todas las versiones que existen de esta historia, yo me quedo sin duda alguna con la original, la del filme de 1933 en la que se vio por primera vez la figura del temible mono gigante.

Tras un comienzo tranquilo pero entretenido gracias a algunos buenos diálogos que escucharemos durante el trayecto en barco, la película gana enteros una vez que los protagonistas llegan a la inquietante isla de Teschio (conocida en versiones posteriores por el más explícito nombre de Isla Calavera). Primero, al encontrarse con la tribu indígena en plena danza ritual y, sobre todo, un poco más tarde cuando por fin aparece en pantalla el tan mentado King Kong. Y eso que, al espectador acostumbrado a ver únicamente cine moderno, las maquetas utilizadas para recrear al gran simio o al resto de monstruos que pueblan la isla y, más aún, los efectos visuales basados en la animación stop-motion, le resultarán totalmente risibles, aunque en su época debieron ser totalmente revolucionarios y dejar a los espectadores con la boca abierta.

Pese a ello, creo que si el espectador pone un poco de su parte para no prestar tanta atención al obvio e inevitable envejecimiento del filme, se encontrará con una gran historia de aventuras, repleta de escenas emocionantes y tensas, tan imaginativa como debería serlo toda película buena fantástica que se precie (y como no lo son ninguna de las versiones posteriores que he visto, por más que sus efectos especiales sean lógicamente mucho más espectaculares que aquí). Incluso ofrece algunos momentos que casi podrían catalogarse como de terror, especialmente cuando Kong se enfrenta a los humanos en la isla y arrasa con todo quien se cruza a su paso. Así que el entretenimiento está asegurado desde que los personajes ponen un pie en la isla, de hecho desde ese momento solo me «sobran» los espeluznantes y constantes gritos de la actriz Fay Wray, que puede que expongan de maravilla el pánico que siente Ann al verse literalmente en manos de Kong, pero que terminan saturándome y haciéndome bajar el volumen. Aun así, la de Wray es la única actuación convincente, sobre todo gracias a la necesaria sensualidad que aporta a su personaje, porque (por decirlo suavemente) el trabajo del reparto no es uno de los puntos fuertes del filme.

Y no se puede hablar de las bondades de esta película sin referirse a escenas tan icónicas como la de King Kong en la cima del Empire State Building (¿hay alguien que no la visualice en su mente cuando oye hablar de él?), o enfrentándose al T-Rex, o su primera «exhibición» en el teatro neoyorquino, etc., imágenes que van más allá del cine y que ya forman parte del imaginario colectivo. No menos memorable es el momento en el que la bestia Kong «descubre» a la bella Ann en uno de los pocos instantes que tiene de tranquilidad a solas con ella, quedándose fascinado/obsesionado por su sensualidad y olor.

Y es que ese mito de la bella y la bestia está omnipresente en el filme. Se menciona al final, en la emblemática frase que cierra la película (y que pongo como cierre de esta entrada), pero mucho antes incluso de conocer la existencia del gran simio ya se habían referido a él algunos protagonistas durante el viaje en barco. En la relación entre King Kong y Ann está claro quién es la bestia y quién es la bella pero, si vamos un poco más allá y pensamos en quién adoptaría cada uno de esos dos metafóricos roles en la relación entre Kong y el director de cine o, mejor aún, entre la naturaleza salvaje que representa el primero y la humanidad civilizada de la que proviene el segundo, la cosa cambia. Y eso es, supongo, lo que realmente nos querían contar los creadores de King Kong a través de la metáfora del gran mono y la frágil rubia, un mensaje que, al contrario de lo que sucede con el cada vez más vetusto aspecto visual del filme, a cada año que pasa resulta más acertado y vigente.

No, no fueron los aviones.
Fue la belleza lo que mató a la bestia.

 

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