Joker


Título original:
Joker
Duración: 2hrs 1mins
País: Estados Unidos
Año: 2019
Director: Todd Phillips
Guión: Todd Phillips, Scott Silver
Reparto: Joaquin Phoenix, Frances Conroy, Zazie Beetz, Robert De Niro, Brett Cullen, Glenn Fleshler, Leigh Gill, Bill Camp, Shea Whigham, Sharon Washington, Hannah Gross, Marc Maron, Dante Pereira-Olson
Género: Drama. Crimen. Thriller.
Mi puntuación:   9 / 10

Cuando en su día leí que Todd Phillips, director y guionista de comedias simplonas como Road trip o la saga Resacón (admito que con la de Las Vegas me reí mucho), se iba a encargar de escribir y dirigir una nueva película sobre el Joker con tintes dramáticos y protagonizada por Joaquin Phoenix, la noticia me extrañó mucho. Extrañeza que se tornó en absoluta sorpresa al ver que la cinta se llevaba ni más ni menos que el León de Oro en el Festival de Venecia y que los críticos y el público la aclamaban de forma unánime. Aluciné y recelé al leer ciertas críticas que la encumbraban como lo mejor que se ha visto esta década, u otros elogios similares, pero una vez vista… he de darles la razón. Quizás no diría tanto como que es la mejor de los últimos años (para eso, primero tendría que verla alguna vez más), pero ciertamente es una película que impacta y da que pensar, aparte de mantenerte completamente enganchado durante todo su metraje. Es decir, lo que yo entiendo por puro cine, algo que cada vez cuesta más encontrar en nuestras salas.

Y eso que no narra nada que no hayamos visto ya en otras ocasiones. Porque lo que nos muestra Joker es la destrucción de un ser humano, su viaje sin retorno a la locura, la transformación de alguien a quien quizás no definiría como «buena gente» (cuida y protege con cariño a su anciana madre, sí, pero no deja de parecerme que en esa relación hay algo enfermizo) aunque tampoco como «mala persona» pero que, tras sufrir continuos abusos desde la infancia y tener que enfrentarse a multitud de situaciones adversas, unido a la falta de apoyo y de empatía de quienes le rodean, termina desquiciándose por completo. Ese pobre hombre es Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), un ciudadano de Gotham que malvive trabajando como payaso aunque su verdadero sueño es ser cómico o monologuista y que día tras día ha de ver cómo, debido a los problemas mentales que sufre, la gente le rehúye constantemente, se ríe abiertamente de él (no con él, como sería su deseo) o incluso le acosa y agrede físicamente.

A ello se le suma un extraño trastorno que le hace reír a carcajadas de forma incontrolable en las situaciones más inesperadas, incluso cuando está totalmente triste o abatido. Imaginaos la impotencia que debe sentirse al querer llorar o desahogarte y no poder hacerlo, es más, ser incapaz de controlar la propia risa que por acto reflejo te sale en esos momentos más tensos. ¿Cualquiera se volvería loco, no? Me parece un brillante idea de los guionistas, o al menos yo nunca la había visto así en otras historias sobre Joker, y supone la guinda de un cóctel explosivo: enfermedad mental, continuos abusos físicos y psicológicos, rechazo social, sentimiento de haber sido traicionado, soledad, rabia acumulada, pensamientos de venganza, etc. Que termine «transformándose» (¿o comportándose sería más adecuado?) en un psicópata que no siente nada, ni bueno ni malo, al hacer daño a los demás no es sorprendente. Obviamente no todas las víctimas de abusos y demás se tornan en asesinos, pero es una evolución que podríamos llamar «comprensible» aunque eso de ninguna manera justifique o reste gravedad a sus actos.

Aunque en realidad lo que se esconde tras todo ello es un análisis, tan inquietante como certero, de la sociedad en la que vivimos (pese a que la película transcurra unas décadas antes). Un mundo cada vez más sumergido en la inestabilidad, el caos y el frenesí, con gente repleta de desesperación, soledad y frustración, y con una falta de empatía general cada vez más acentuada. Es decir, vivimos en una olla a presión a punto de estallar. Y eso se representa aquí a través de la figura de Arthur Fleck. Puede ser una visión muy negativa o extrema, pero da mucho que pensar porque lo que le sucede a él no me parece ciencia ficción. Aunque no es la única turbadora reflexión que me ha dejado la película, ni mucho menos, también me ha hecho cavilar bastante la idea que el protagonista escribe en un cuaderno acerca de cómo nuestra sociedad espera, o incluso exige, a quienes padecen una enfermedad mental que se comporten como si no la tuvieran. Creo que de esta actitud no nos libramos nadie (no prestamos tanta atención ni cuidado a las enfermedades o limitaciones mentales como a las físicas, eso es un hecho, quizás porque no son tan evidentes o porque no somos capaces de comprenderlas), lo que sirve de perfecto ejemplo de la falta de empatía antes mencionada y supone una frustrante barrera para quien lo sufre.

Por otra parte, el filme no deja ni un instante para el aburrimiento. Aparte de por el gran interés que tiene todo esto que expone, también por sus numerosas escenas inquietantes, o sus impactantes estallidos de violencia, o incluso el mínimo espacio que deja para el humor negro, negrísimo (como la escena del enano intentando salir de casa, que casi desentona un poco porque esta cruda historia no tiene nada de divertida.) Asimismo, creo que las referencias al universo de Batman, aunque sean prescindibles en este relato, están muy bien introducidas y seguro que gustarán a los mayores fans de dicho universo. Quizás en todo el filme solo me chirríen un poco tres o cuatro escenas tramposas en las que no sabemos si lo que vemos es la fantasía del protagonista o la realidad, pero no afectan en absoluto al conjunto ni a lo que pretende mostrarnos el director. Al contrario, aunque sea un recurso facilón, contribuye a sumergirnos en la locura del protagonista.

Y también contribuyen mucho a ello, ya que generan una atmósfera realmente malsana, la fotografía oscura y la tensa banda sonora. Y, por supuesto, Joaquin Phoenix. Su trabajo es soberbio, abrumador, no exagero si digo que parece que él mismo sufre un trastorno mental porque cada detalle de su interpretación resulta completamente natural y convincente, no veo rastro de exageración o sobreactuación en ella. Especialmente en las escenas en las que su risa aún es más amarga que siniestra, en las que logra algo casi imposible como hacer creíble a alguien que se ríe a carcajadas mientras el resto de su cara transmite una desolación y tristeza absolutas.

Su última sonrisa dibujada con sangre (esa sí es puramente siniestra y macabra) es el culmen más brillante que podía tener el filme, ya que te deja con una sensación difícil de definir, una mezcla de malestar, rabia, angustia e intranquilidad, sientes a la vez gran pena y total repulsión por el personaje, por lo que ha tenido que vivir. Aunque no por ello hay que considerarle un antihéroe, como ya he leído en varios sitios, sino en todo caso un «villano». Porque por mucho que haya sufrido previamente nada justifica a un asesino, que es lo que termina siendo él.

Durante toda mi vida, ni siquiera he sabido si realmente existía.
Pero ahora sé que existo…
y la gente también está empezando a darse cuenta.

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