Nuestro planeta



Título original:
Our planet
País: 
Reino Unido
Duración: 1 temporada, 8 capítulos (50 mins. aprox. cada uno)
Año: 2019
Creador: David Attenborough
Directores: Adam Chapman, Hugh Pearson, Huw Cordey, Sophie Lanfear, Mandi Stark y Jeff Wilson
Género: Documental.
Mi puntuación:  9 / 10

Sir David Attenborough es un científico británico conocido por los numerosos documentales sobre naturaleza que ha escrito, dirigido o producido, muchos de ellos en formato serie. Por ello y por su gran labor de divulgación científica ha recibido, entre otras muchas distinciones, el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2009. Su primera serie documental, Zoo quest, se estrenó allá por 1954 pero este 2019 y con 93 años a sus espaldas ha lanzado su último trabajo a través de Netflix. Su título es Nuestro planeta y creo que es una de las grandes joyas (si no la más grande) que podemos encontrar en el extenso catálogo de dicha plataforma.

A través de ocho capítulos, Attenborough repasa los principales «escenarios» de la Tierra, dedicando cada episodio a uno de ellos. Sus títulos son ‘Un planeta’, ‘Mundos congelados’, ‘Junglas’, ‘Costas’, ‘De los desiertos a las praderas’, ‘Mares’, ‘Agua dulce’ y Bosques’, así que en el repaso que da la serie documental no falta prácticamente nada. Mediante una recopilación de imágenes espectaculares tanto de paisajes como de animales, todas ellas grabadas con un nivel de definición extraordinario, iremos viendo cómo se alimentan, cazan, se cortejan, se reproducen, crían, se desplazan o protegen seres de todo tipo, tamaño y hábitat. Es decir, lo que se podría esperar de cualquier documental sobre la naturaleza, pero a un nivel muy ambicioso y perfectamente elaborado.

Así podremos contemplar algunas cosas tan grandiosas que casi cuesta creer que sean reales, gracias a una magnífica labor de fotografía por la que habría que aplaudir durante horas a quienes se han encargado de grabar todo ello meses y meses. Impresionan sobre todo las tomas aéreas y submarinas, pero los primeros planos de algunos animales también son soberbios. Por poner varios ejemplos de imágenes que me han dejado con la boca abierta, veremos secuencias en las que montones de cormoranes caen como misiles sobre el agua para atacar bancos de peces mientras unos delfines hacen lo propio «desde abajo» al mismo tiempo, o inmensos grupos de pingüinos sumergiéndose en el mar en perfecta sincronía, o a los machos de pequeñas aves de colores y formas rarísimas intentando cortejar a las hembras con bailes estrambóticos a más no poder. También hay sitio aquí para el espectáculo de color que ofrecen los arrecifes de coral y sus «residentes», o para las hipnóticas arenas del enorme desierto de Rub al-Jali, o para la majestuosidad del tigre siberiano (solo quedan 600 de esta especie) caminando en la nieve,  o incluso para las inquietantes y deformes criaturas de las profundidades de los océanos que generan su propia luz.

Aunque no todo es bonito, claro. Porque la serie también nos habla de las graves consecuencias que ya está sufriendo el planeta por el cambio climático, como el deshielo de polos, el fuerte aumento de la desertización, el blanqueamiento de corales por aumento de temperatura, etc. Nos ofrece datos objetivos y mediciones tangibles de los serios problemas derivados del incesante aumento de la contaminación, el vertido de plásticos en los mares, la caza furtiva y la sobrepesca industrial, el consumo desmedido o la explotación agrícola irresponsable, exponiendo cómo afecta todo esto a distintas especies animales y vegetales e intentando concienciar al espectador de la gravedad del asunto (si quienes niegan el cambio climático vieran este documental, creo que abandonarían sus endebles e ilógicos argumentos). También insiste mucho en que en la naturaleza todo está conectado y tiene su función, incluso los desiertos o los insectos más diminutos, así que lo que afecta a un animal o a una parte del planeta, por minúscula que sea, provoca una reacción en cadena sobre el resto.

Pero no lo expone de forma apocalíptica ni demoledora sino dando esperanzas de que estamos a tiempo de frenar este proceso, mostrando ejemplos de zonas que se están recuperando como la costa del desierto de Atacama, algunas praderas de Mongolia o la fauna marina de varias islas del sudeste asiático, gracias a que se protegen esas áreas o a que se intenta favorecer la cría de ciertos animales, ya sea respetando su hábitat o bien prohibiendo su persecución como en el caso de los tigres de Bengala, que pese a sufrir los efectos de la caza siguen aumentando su número (a diferencia de otras especies de tigres), o de las ballena azul y jorobada cuya población está creciendo a pesar del incremento de la pesca. Asimismo da cierta esperanza ver la considerable vegetación que casi ha formado un bosque en la zona de exclusión de Chernóbil y que también ha ido atrayendo una considerable fauna, lo que demuestra que, en solo 30 años en los que el hombre no ha estado allí, la naturaleza se ha desarrollado de forma sorprendente. Da mucho que pensar este hecho y al ser la última escena de la serie supone un gran colofón.

Todo ello está soberbiamente narrado por el propio David Attenborough, que demuestra una vez más su capacidad para esta tarea con un estilo en el que por momentos parece estar contando un apasionante cuento, captando así completamente la atención del espectador. No se puede decir lo mismo de la encargada de la narración en la versión doblada al castellano, Penélope Cruz (sorprendente elección), de quien había leído comentarios muy negativos así que probé durante medio capítulo a ver esta versión y, efectivamente, su voz resulta totalmente monótona y tiene una dicción infinitamente peor que la del británico, lastrando así el disfrute de las espléndidas imágenes.

Y para rematar el deslumbrante aspecto del documental, aparte de las «postales visuales» que nos ofrece la excelsa fotografía, también habría que destacar la adecuada banda sonora compuesta por Steven Price (ganador de un Oscar por su trabajo en Gravity) y, sobre todo, el excelente montaje, mediante el cual han conseguido crear una serie de escenas tensas, emocionantes, tiernas, dramáticas, divertidas (imposible no reírse con los rituales de apareamiento de algunas aves) o incluso aterradoras. Y todo ello sin necesidad de efectos ni artimañas digitales, «simplemente» grabando y relatando lo que nos ofrece la propia naturaleza, recordándonos de este modo que el mejor espectáculo no está en una pantalla sino ahí fuera… mientras los humanos no lo destruyamos.

 

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