Custodia compartida



Título original:
Jusqu’à la garde
Duración: 1hr 30mins
País: Francia
Año: 2017
Director: Xavier Legrand
Guión: Xavier Legrand
Reparto: Denis Ménochet, Léa Drucker, Thomas Gioria, Mathilde Auneveux, Florence Janas, Mathieu Saikaly, Saadia Bentaïeb
Género: Drama.
Mi puntuación: 8,5 / 10

El pasado viernes se entregaron los premios César, los «Goya franceses», siendo Custodia compartida el filme que se llevó el galardón a la mejor película. Se trata de una producción de 2017 pero que no se estrenó comercialmente en cines hasta el año pasado, escrita y dirigida por el debutante Xavier Legrand. Aunque quién diría que es nuevo en estos menesteres porque menuda manera de estrenarse, firmando una de las películas más notables e impactantes que he visto en los últimos meses.

El filme arranca con una larga secuencia que nos muestra la vista de una pareja separada (Miriam y Antoine, interpretados por Léa Drucker y Denis Ménochet respectivamente) ante una jueza que debe dirimir a quién concede la custodia del hijo menor de edad que ambos tienen en común (Julien, al que da vida Thomas Gioria). Se exponen los dos puntos de vista de forma totalmente objetiva, sin que se aprecie un posicionamiento claro del realizador en favor de una u otra parte, así que cada espectador será «libre» de decidir qué versión es la que le parece más creíble. Esto es un acierto porque apenas un par de escenas después nos daremos cuenta del error que ha cometido la jueza al decretar la custodia compartida (viendo el título, esto no es un spoiler), pero es que con los datos que tenía ella (y nosotros) no parecía una decisión ilógica a priori. Buena forma de mostrar que la Justicia en muchas ocasiones no funciona, y quizás en estos asuntos menos aún por lo complicados que siempre resultan.

A partir de ese momento nos daremos cuenta de que el novel realizador no quiere convertir su película en un drama que debata sobre la idoneidad del sistema de custodias que se aplica hoy en día en muchos países. Su objetivo es mostrar un caso de violencia doméstica y lo consigue de forma rotunda, a través de una dirección sencilla y directa que no se pierde en otras subtramas (aunque le dé algunos minutos de protagonismo a otra hija de la pareja separada, que al ser mayor de edad no se ve afectada por el asunto de la custodia) ni ralentiza la narración dando explicaciones innecesarias sobre el pasado de los protagonistas. Con la mencionada primera secuencia inicial de la vista ante la jueza es más que suficiente.

Así iremos comprendiendo que lo que alegaba Miriam en contra de Antoine (fundamentalmente, que era una persona controladora y violenta) era completamente cierto. O que incluso se quedaba corta. Pero no lo veremos a través de ella sino de Julien, que por la decisión de la jueza se ve obligado a compartir su tiempo con alguien que le aterroriza con su mera presencia. Esto se refleja primero de forma sutil a través de cada gesto y silencio del chico cuando está con su padre, al que apenas se atreve a mirar, pero cuanto más interactúan más se evidencia que Antoine sigue siendo tan irascible e imprevisible como siempre pese a que parezca estar más calmado por fuera. Y ahí ya no tiene sentido seguir con sutilezas, el director nos muestra clara y amargamente el pavor que siente el chico a través de secuencias cargadas de gritos, reproches (o más bien amenazas) y lágrimas.

La tensión que se percibe desde el principio va in crescendo con el paso de los minutos y al final, como era inevitable, también involucra directamente a Miriam, ya que el celoso Antoine insiste en verla sí o sí pese a los esfuerzos del pobre Julien por evitar que sus progenitores se encuentren solos cara a cara, puesto que teme que su padre vuelva a agredir a su madre como ya ha hecho tantas veces antes. De esta forma llegamos a un tramo final que sería digno de una gran película de terror, pero es que lo que sienten las víctimas de estas situaciones debe ser precisamente eso mismo: un terror absoluto. Por fortuna yo no conozco casos cercanos, pero me creo totalmente todo lo que veo aquí y no me parece para nada exagerado o forzado.

Es una película sobrecogedora y dura, sobre todo desde el punto de vista psicológico (no contiene escenas de una violencia física desmesurada o «sangrienta»), con la que el espectador no pasará un rato precisamente cómodo aunque tampoco desviará su atención de la pantalla dado lo bien narrada que está y lo tristemente veraz que resulta. Además, sirve para poner «cara» a las víctimas de violencia doméstica y recordarnos algo tan obvio como que no son un simple número o dato estadístico del telediario. Detrás de cada una de esas víctimas hay situaciones tan terribles (y mucho, mucho más, por lo que se da en sucesos reales) como la que vemos aquí, y no son demasiados los filmes que lo han expuesto de forma tan dolorosa y plausible a la vez. Así a bote pronto, solo recuerdo la magnífica Te doy mis ojos a la altura de esta.

Y no quería terminar sin mencionar el gran trabajo de los actores. El novato Thomas Gioria expresa de maravilla (y sin sobreactuar, algo difícil para los actores infantiles) el horror que siente el joven chico ante la sola idea de tener que pasar un rato con su padre (qué impotencia, qué rabia y qué pena da ver la situación a la que se enfrenta), mientras que Léa Drucker quizás cuenta menos minutos en pantalla pero también resulta muy convincente tanto a la hora de retratar a el coraje de la acosada madre como cuando se ha de mostrar más vulnerable y frágil. Por su parte, a Denis Ménochet le toca interpretar el papel menos agraciado de la función pero realiza un trabajo soberbio, componiendo con mucho ímpetu a ese padre imponente, violento y cargado de ira mal contenida, pero que cuando se derrumba diciendo que «ha cambiado» casi logra hacerte creer que es verdad. Pero solo casi.

Solo quiero saber cómo están mis hijos. Tengo derecho a ello.

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