Capitanes intrépidos


Título original:
Captains courageous
Duración: 1hr 57mins
País: Estados Unidos
Año: 1937
Director: Victor Fleming
Guión: John Lee MahinMarc Connelly y Dale Van Every
Reparto: Freddie BartholomewSpencer TracyMelvyn DouglasLionel BarrymoreJohn CarradineMickey RooneyCharley GrapewinSam McDanielDonald Briggs, Walter Kingsford
Género: Drama. Aventuras.
Mi puntuación:  9 / 10

Dejando el cine reciente a un lado, hoy voy a comentar y recomendar una de mis películas favoritas del cine clásico, Capitanes intrépidos. Se trata de una adaptación de la novela homónima de Rudyard Kipling y su protagonista es un niño llamado Harvey Cheyne (Freddie Bartholomew), que tras ser expulsado del prestigioso colegio en el que estudia se ve obligado a emprender un viaje en barco rumbo a Europa con su padre, un adinerado hombre de negocios que comprende que debe prestar más atención a la educación del pequeño y por eso decide llevárselo con él. Y es que seguramente el hecho de que esté siempre tan ocupado con sus empresas, junto con la ausencia de una figura materna, sea la principal causa de que Harvey sea un crío tan caprichoso, insolente, consentido y mimado. Un repelente mocoso, vamos.

Pero durante el viaje, Harvey sufre un tonto accidente y cae por la borda sin que nadie se percate de ello, aunque por fortuna para él es recogido por un pescador portugués llamado Manuel (Spencer Tracy) que le lleva de vuelta a su barco pesquero. Al despertar, y pese a estar rodeado de extraños, el niño sigue comportándose de forma tan insoportable como siempre, por lo que no toda la tripulación del pesquero está dispuesta a aguantar sus impertinencias y es el propio Manuel quien se tendrá que hacer cargo de él, casi por obligación. O al menos eso intenta aparentar el pescador portugués, que no para de decir que cuidar al niño le supone una pesada carga, aunque sus compañeros pronto se dan cuenta de que es solo una pose y de que en realidad su actitud con el chico es totalmente paternal.

Se forma así una extraña pareja que está condenada a entenderse. Poco a poco veremos cómo el niño, que pese a todo lo malo que he escrito de él no tiene un pelo de tonto, va admitiendo su nueva situación, cómo va siendo cada vez menos caprichoso al comprobar que quienes le rodean no van a consentirle ninguna de sus tonterías porque son hombres más que curtidos y experimentados, cómo empieza a valorar el coraje de esos pescadores y su duro trabajo tras haberles mirado con desdén al principio y, en definitiva, cómo aprende lo que es la vida real y madura de golpe en unas semanas todo lo que no había madurado en sus escasos diez años de vida.

Ese proceso de cambio del niño, ese paso forzado a la madurez, está relatado de forma muy creíble a la par que entretenida, ya que mientras esto ocurre Harvey también vive una emocionante aventura en alta mar en la que no faltan momentos de alegría y de diversión, pero sobre todo de trabajo y, por supuesto, de tensión y peligro. El guión es magnífico (supongo que gran parte del mérito es de la novela que adapta, aunque no la he leído) ya que en ningún momento fuerza los acontecimientos pero aun así no dejan de suceder cosas, por lo que me parece casi imposible que alguien se aburra viendo esta película.

Pero lo que la eleva muy por encima del notable es ese memorable dúo Harvey – Manuel que funciona a la perfección. Tanto por los propios personajes, que se complementan de maravilla (madurez vs. inmadurez, humildad vs. altanería, solidaridad vs. egoísmo, experiencia vs. bisoñez, etc.) como por los actores que les dan vida. El pequeño Freddie Bartholomew es realmente irritante cuando tiene que serlo, pero no por su actuación (algo que sí ocurre a veces con las interpretaciones de actores infantiles) sino por el tipo de niño que tiene que interpretar, ya que cuando su personaje empieza a cambiar también resulta convincente y en los momentos mas dramáticos logra transmitir muchos sentimientos al espectador. Y qué decir de Spencer Tracy, que no es uno de mis actores favoritos del cine clásico pero que aquí nos regala una actuación para el recuerdo (merecido Oscar el que se llevó por este trabajo). Noble, valeroso, simpático, divertido y humilde, dando vida a Manuel compone un personaje que me parece tan entrañable como Atticus Finch, al que interpretaba Gregory Peck en Matar a un ruiseñor, por compararle con el que quizás sea el “protagonista paternal en una historia con niños” (perdón por la tonta definición) más conocido de la Historia del cine. Quien haya visto esa película sabrá a qué me refiero.

Por si todo ello fuera poco el filme está rematado con un final tremendamente emotivo pero que no busca la lágrima fácil, de esos que dejan huella sin que el espectador se sienta manipulado emocionalmente, por lo que como ya dije al principio de esta entrada, me parece una película muy recomendable, por no decir imprescindible, para todo tipo de públicos. Todo un clásico que creo que tiene bastante menos fama de la que merece.

—¡Mi padre era el mejor pescador de toda Madeira!
—Bueno, eso tampoco es mucho.
—¿Qué quieres decir con que eso no es mucho?
—Bueno, que no hizo mucho por ti. Es decir, que no te dejó nada que heredar.
—¿¡Que no me dejó n… !? ¡Me dejó este organillo que le dio mi abuelo! Y me enseñó a pescar, y a navegar, me dio brazos y manos y pies, me hizo sentir bien por fuera y me enseñó a sentirme bien por dentro… mi padre hizo todo eso y tenía otros 17 hijos. ¿Qué más puede hacer un padre?


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