La diligencia


Título original: 
Stagecoach
Duración: 1hr 36mins
País: Estados Unidos
Año: 1939
Director: John Ford
Guión: Dudley Nichols
Reparto: John WayneClaire TrevorThomas MitchellGeorge BancroftLouise PlattJohn CarradineAndy DevineDonald MeekBerton ChurchillTom TylerChris-Pin MartinTim Holt
Género: Western.
Mi puntuación:  7 / 10

La diligencia es sin duda uno de los westerns más famosos de la Historia del Cine. Consagró definitivamente a John Ford como el gran director que era, tras haber ganado el Oscar cuatro años antes por su labor en El delator. Además, lanzó al estrellato a un John Wayne que ya llevaba una década actuando con más pena que gloria y fundamentalmente en westerns de bajo presupuesto. Y, por si fuera poco, con sus buenos resultados en taquilla relanzó un género que en aquel momento parecía destinado a ser eterna carne de producciones de de serie B. Sin embargo, a mí es un filme que no me ha entusiasmado ninguna de las veces que lo he visto, todas ellas con distintas edades por si era una cuestión de ¿inexperiencia? cinéfila o algo parecido. Pero no.

Para empezar, su trama es muy simple: un variado grupo de personas de distinta clase social debe compartir la diligencia del título para realizar un trayecto en el que deberán atravesar un territorio que está sufriendo numerosos ataques de los peligrosos indios apaches. La presentación de esos personajes principales (los siete pasajeros, más el conductor y un sheriff), que podría ser lo que lograse enganchar al espectador a esa historia tan sencilla, a mí no me resulta demasiado interesante. Sirve para hacernos una idea de las distintas personalidades de los protagonistas, pero al ser estas tan estereotipadas no le coges demasiado cariño a ninguno de ellos. Ni siquiera a Ringo Kid, el forajido de buen corazón, férrea ética y duro pasado en busca de venganza al que interpreta con gran carisma John Wayne. Solo me quedaría con el típico personaje de borracho que suele poner el contrapunto gracioso en no pocos westerns, en este caso un médico llamado ‘Doc’ Boone, al que da vida Thomas Mitchell en una actuación muy divertida pero sin pasarse demasiado de rosca, que le valió un merecido Oscar al mejor actor de reparto.

El guión tampoco termina de explotar demasiado el hecho de que entre los pasajeros se hallen personas de diverso origen y condición, desde un ambicioso banquero a una prostituta repudiada, o desde un tramposo galán a un noble forajido, para en base a ello hacer algún tipo de reflexión social que vaya más allá de lo habitual. Por ejemplo, el banquero tiene opiniones muy egoístas y las suelta sin escrúpulo alguno, mientras los personajes peor vistos socialmente son los más comprensivos y solidarios. Nada original, aunque imagino que quizás sí lo fuera en los tiempos en los que se rodó la película. Por eso me resulta curioso leer a críticos que alaban justo esto que yo he hecho en falta, lo bien que traza el perfil psicológico de los personajes y demás. Puede que fue pionera en ese aspecto, pero que fuera la primera no quiere decir que lo hiciera de maravilla y a mí me parece bastante superficial en ese sentido, como digo.

De este modo, la primera mitad del filme la veo con agrado pero sin entusiasmo, siendo lo más interesante escuchar las lúcidas peroratas alcohólicas del mencionado ‘Doc’ («Somos víctimas de un morbo infecto llamado prejuicios sociales»«No, lo que este país necesita no es un empresario de presidente… ¡lo que este país necesita son más cogorzas!»;«No solo soy un filósofo, también soy un fatalista»; etc.).

Por fortuna, la cosa cambia a partir de la segunda parada que hace la diligencia, en Apache Wells, ya que desde ese momento las conversaciones ganan interés (especialmente las de la pareja de “descarriados” conformada por los personajes de Claire Trevor y John Wayne) y, sobre todo, la amenaza latente de los apaches empieza a notarse, algo que antes no sucedía y que también provoca que los pasajeros comprendan que deben olvidar sus pequeñas rencillas e ideologías porque, si no actúan como un grupo unido, puede que no sobrevivan mucho tiempo. Ahí sí se atisba esa reflexión que echaba en falta anteriormente.

Así se llega a una última media hora cargada de aventuras, tensión y acción excelentemente rodada por John Ford, que además aprovecha los deslumbrantes paisajes exteriores de Monument Valley (tantas veces utilizados posteriormente en otros filmes, incluidos muchos del propio Ford) para transmitir la sensación de inquietud y de vulnerabilidad de los protagonistas en un entorno tan inmenso, y que asimismo se apoya perfectamente en una muy buena banda sonora para aumentar la emoción, la cual también se llevó el Oscar pese a no ser original sino una recopilación de canciones populares americanas. Escenas como las de la espectacular persecución y el ataque a caballo de los apaches a la diligencia (los actores especialistas que las rodaron se merecen todos los elogios imaginables, hoy sería impensable que alguien rodase algo así sin recurrir a los efectos digitales), o el gran suspense que genera la tensa espera del “duelo final” entre Ringo y sus pistoleros rivales, hacen que sabor de boca final sea realmente bueno.

Pero, como ya he dicho, a mí no me parece una obra maestra. Otra cosa es su relevancia dentro de la Historia del cine, algo incuestionable, pero por lo demás diría que se trata de una película con algunos momentos geniales que se ve lastrada por su gran irregularidad.

“Sé que en algún lugar me espera una buena bala o una mala botella. ¿Para qué preocuparme de cuándo y dónde?”

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