Matar a un ruiseñor

RuiseñorPst.
Título original:
 To kill a mockingbird
Duración: 2hrs 9mins
País:
 Estados Unidos
Año: 1962
Directores: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote
Reparto: Gregory PeckMary BadhamPhillip AlfordJohn MegnaBrock PetersJames AndersonRosemary MurphyFrank OvertonRobert DuvallEstelle EvansRichard Hale
Género: Drama.

Mi puntuación:  9 / 10
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Sigue tan floja la cartelera (a falta de ver la nueva entrega de Jason Bourne, incluso el último trabajo del gran Steven Spielberg, Mi amigo el gigante, me ha parecido muy decepcionante) que no merece la pena dedicarle tiempo a comentar ninguna de las películas que podemos ver en ella. Prefiero escribir sobre alguno de los grandes clásicos que estoy revisando últimamente, como por ejemplo Matar a un ruiseñor, uno de los mejores filmes de los años 60.

La historia, basada en una novela homónima de Harper Lee, transcurre poco después del ‘crac’ de 1929 en un pequeño pueblo del sur de Estados Unidos, una de las zonas a las que más duramente golpeó aquella grave crisis económica. Allí vive el abogado Atticus Finch (Gregory Peck) junto a sus dos hijos, Jem (Phillip Alford) y Scout (Mary Badham), y su próximo caso será defender a un hombre negro acusado de violar a una joven del pueblo.

Seguramente el mayor punto de interés de la película es la forma en que refleja cómo ven los niños el mundo de los adultos, cómo empiezan a comprender y a enfrentarse a conceptos como el racismo o la división social entre ricos y pobres. Así, a través de su siempre peculiar punto de vista, lo que a priori podría ser un simple «cuento» esconde un mensaje y una visión mucho más dura del mundo de lo que parece. Este enfrentamiento de los chicos con la realidad está aún mejor logrado gracias a esos otros momentos a los que asistimos a sus juegos, sus bravuconadas («a que no te atreves a…»), sus peleas y, sobre todo su curiosidad e imaginación que hace cada día sea una nueva aventura. Esos detalles hacen más «reales» a los personajes y es casi imposible que el espectador no se transporte mentalmente a su propia infancia y reviva sus propias peripecias, siendo así muy fácil encariñarse con los pequeños protagonistas de la historia, especialmente con la adorable Scout (gracias a la encantadora expresividad de la actriz Mary Badham, ¡quién diría que fue su primera aparición ante las cámaras!).

Aunque indudablemente el personaje más memorable del filme es Atticus Finch, ese hombre al que todos querríamos parecernos (como bien dice un usuario en su genial crítica de FilmAffinity), la figura paterna que guía y orienta a los niños cuando estos no comprenden algo o no entienden por qué hay que comportarse según unas «normas» que no les parecen del todo justas. Es muy curioso ver cómo va evolucionando la imagen que tienen de él sus propios hijos: al principio ven a su padre como un hombre inteligente y sabio aunque quizás un poco «cobarde» o pusilánime, pero poco a poco van viendo y apreciando que bajo su tranquila apariencia esconde una gran templanza, seguridad y capacidad para ser determinado cuando la situación lo requiere, pasando así a ser una especie de «héroe» para ellos (como lo son tantos padres para sus niños en la realidad). Gregory Peck dista de ser uno de mis actores favoritos del cine clásico, pero aquí da una clase magistral de cómo expresar y transmitir sentimientos desde la contención, componiendo un personaje que ya es Historia con mayúsculas del cine.

En cuanto a la trama judicial, esta no resulta tan interesante al principio porque transcurre de forma bastante previsible, aunque los alegatos del acusado y de Atticus sean momentos de gran intensidad y potencia dramática. Pero todo cambia con la inesperada (al menos para mí) decisión del jurado, dando pie a una situación mucho menos menos «edulcorada» de lo que podría imaginarse en principio y que desemboca en un tramo final sencillamente memorable.

Para redondear la función, al apartado técnico tampoco se le puede poner ningún pero. La fotografía en blanco y negro aprovecha muy bien los juegos de luces y sombras para conseguir alguna escena de gran tensión (como en las andanzas en la casa del misterioso vecino o en el incidente del bosque) y también para aumentar la expresividad de los actores. Por su parte, la dirección de Robert Mulligan también es más que acertada, ya que le imprime un ritmo tranquilo al relato pero manteniendo el interés del espectador en todo momento por ver qué sucede a continuación, apoyándose en un guión de Horton Foote que no desaprovecha el potencial de la multipremiada novela en la que se basa (por cierto, es curioso que pese a ganar el Pulitzer por ella Harper Lee no escribiera más libros, aunque el año pasado, pocos meses antes del fallecimiento de la escritora, también se publicó una especie de secuela basada en algún borrador de la propia Matar a un ruiseñor).

Hay clásicos que por el mero hecho de serlo están sobrevalorados, pero este no ni mucho menos es el caso de Matar un ruiseñor. Uno de los «must see» más claros e incontestables de la historia del cine, válido para cualquier tipo de público, cuya historia y personajes pasarán a ser inolvidables para todo aquel que la vea.

Scout, uno no entiende a los demás hasta que no considera las cosas desde su punto de vista, hasta que no se pone en sus zapatos y camina con ellos.

(de «regalo», una entrañable imagen del rodaje de la película: Gregory Peck con los pequeños actores Mary Badham y Philip Alford)
960

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