Los caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores

320 Los caballeros de la mesa cuadrada.
Título original:
Monty Python and the Holy Grail
Duración: 1hr 29mins
País:
 Reino Unido
Año: 1975
Directores: Terry Gilliam, Terry Jones
Guión: Graham ChapmanJohn CleeseEric IdleTerry Gilliam, Terry JonesMichael Palin
Reparto: Graham ChapmanJohn CleeseEric IdleTerry Gilliam, Terry JonesMichael PalinConnie BoothCarol Cleveland
Género: Comedia. Aventuras. Fantasía.

Mi puntuación:  9,5 / 10
.

Ya era hora de que los Monty Python hicieran «acto de presencia» en el blog, porque estos maestros del humor absurdo son uno de los mejores remedios posibles contra el aburrimiento y los días grises. Y lo haré comentando brevemente la  obra que seguramente sea, de todas las creaciones que han parido sus seis inimitables mentes, la que más me hace reír: Los caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores, su particular visión de la Edad Media y, más concretamente, de las leyendas del Rey Arturo.

Y es que al verla mis risas empiezan con los mismos títulos de crédito, pretendidamente mal traducidos de algún idioma parecido al sueco («Lamentamos otra vez el fallo de los subtítulos, los responsables de despedir a los que acababan de ser despedidos también han sido despedidos»), y cuando en la primera escena aparece el Rey Arturo «cabalgando» a ritmo de coco ya no puedo parar de descojonarme, con perdón, durante varios minutos mientras se van sucediendo los gags y los chistes sin descanso alguno.

Ese arranque demuestra perfectamente lo que puede esperar del filme el espectador que no conozca a estos irreverentes cómicos ingleses o que nunca antes haya visto nada de ellos: ningún tipo de atadura formal (de hecho, en algunos momentos como en el mismo final de la cinta parece que lo que estamos viendo es más un «making off» que una película como tal) ni narrativa (la coherencia de la trama brilla por su ausencia, pero poco importa eso), situaciones de lo más surrealistas y ocurrentes diálogos de besugos (como la mítica conversación sobre el origen de los mencionados cocos o la discusión sobre si una mujer es bruja o no rematada con un «Si pesa lo mismo que un pato es porque es de madera, y si es de madera entonces es una bruja… ¡usemos mi balanza!», por citar un par de ejemplos). En definitiva, imaginación a raudales y valentía para exponerla tal como les venga en gana a sus autores, sin pensar en el qué dirán los críticos, la prensa «seria» o incluso el propio público.

Así, en esta rocambolesca búsqueda del Grial no faltarán caballeros cobardes, magos pirómanos, trovadores cansinos, doncellas cachondas, (maquetas de) castillos, tiernos conejitos blancos, franceses malhablados, soldados capaces de teorizar sobre la migración de las golondrinas o campesinos de gran conciencia obrera, además de los elementos típicos de cualquier relato sobre el Rey Arturo… salvo los caballos, claro. Por ello, como comentaba en el párrafo anterior, el propio desarrollo de la historia carece de importancia alguna porque el interés está en ver con qué ingeniosa ocurrencia nos harán reír los cómicos ingleses en la siguiente escena. Y es que es imposible adivinar con qué nos van a sorprender sin haberla visto antes.

Entre tanto disparate se atisba una burlona crítica a los mitos artúricos y a la tan cacareada honorabilidad de los caballeros medievales, así como a la propia sociedad de aquella época. No solo quedan retratados los caballeros y los nobles, el pueblo llano también es blanco de un montón de chanzas que apuntan a su borreguismo. Aunque en ese aspecto «crítico» no llega ni mucho menos al nivel de sátira que lograron cuatro años después en la que para muchos es su obra cumbre, la inolvidable La vida de Brian, una genial caricatura de otro tipo de «mitos y leyendas»: las bíblicas.

Está claro que si no conectas con este tipo de humor difícilmente vas a reírte lo más mínimo con ella, pero si te dejas llevar por el absurdo raro será que pases más de una escena sin soltar una sonora carcajada. Para el recuerdo quedarán gags como o el del enfrentamiento de Arturo y el Caballero Negro, o el del encuentro de Gawain con las peligrosas doncellas, o la aparición de los caballeros que dicen Ni, el del «peligroso monstruo» al que no se atreve a enfrentarse el poderoso hechicero, o el de los acertijos del puente, o… mejor paro y los véis vosotros mismos, ¿no?

En resumen, para mí esta película supone 90 minutos de risas casi sin parar. Así de simple… y así de grande.

– ¡Yo soy el rey!
– ¿Y cómo lo consiguió? ¡Explotando a los trabajadores! ¡Aferrándose a un dogmatismo imperialista que perpetúa las diferencias económicas y sociales de nuestra sociedad!
– ¡Silencio! ¡Te ordeno que te calles!
– ¿Ordena, eh? ¿Pero quién se creerá que es?
– ¡Soy vuestro rey!
– ¿Ah, sí? ¡Pues yo no le voté!
– ¡A los reyes no se les vota!
– ¿Entonces cómo llegó a ser rey?
– La dama del lago, con el brazo enfundado en brillante seda, sacó una espada del fondo de las aguas significando así la divina providencia que yo, Arturo, debía portar la espada. ¡Por eso soy vuestro rey!
– ¡Oiga! ¡Que a una mujer le dé por repartir espadas mojadas no es base para un sistema de gobierno!¡El supremo poder ejecutivo deriva de la voluntad de las masas, no de una absurda ceremonia acuática!
– ¡Silencio!
– ¡No pretenderá ostentar el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada! Lo mismo podía ir yo por ahí diciendo que soy Emperador porque una tía me lanzó una cimitarra… ¡me llevarían al manicomio!
– ¡¡¡Cállate ya!!!
– ¡Ah! ¡Mirad! ¡La violencia inherente al sistema! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Me están reprimiendo!

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