The propaganda game

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PropagamePst.

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Título original: The propaganda game
Duración: 1hr 34mins
País:
 España
Año: 2015
Director: Álvaro Longoria
Guión: Álvaro Longoria
Género: Documental.

Mi puntuación:  7 / 10

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Trailer en español:

Si hay un país que despierta curiosidad, por no decir directamente morbo, en la prensa occidental ese es Corea del Norte. El hecho de tener el único régimen puramente comunista del mundo, la controvertida figura de su «líder» Kim Jong-un y, sobre todo, el secretismo que rodea a todo lo que allí acontece (sin ir más lejos, hasta hace dos o tres años, en el «sabelotodo» Google Maps el territorio norcoreano era tan solo un borrón sin calles, carreteras ni nada de nada) son la causa de ello. El productor y director cántabro Álvaro Longoria también sentía cierta fascinación por el país asiático así que decidió grabar un documental en el que intenta aclararnos un poco la visión que tenemos de Corea del Norte. Para ello contó con la colaboración del tarraconense Alejandro Cao de Benós, el único extranjero que trabaja para el gobierno norcoreano, sin cuya intermediación jamás hubiera conseguido el permiso para rodar este interesante largometraje que se estrenó el pasado viernes, tanto en cines como en plataformas online como Filmin.

El documental arranca de forma prometedora: mientras escuchamos a gente que trabaja para organismos como la ONU o Amnistía Internacional, o para países como Estados Unidos, hablar de la mala vida que lleva la población de Corea del Norte, de cómo se vulneran allí los derechos humanos o del peligroso ejército que están formando para quizás atacar a los occidentales en un futuro no muy lejano, vemos imágenes de niños norcoreanos jugando alegremente por las calles de Pionyang, de gente paseando tranquilamente por agradables parques o de algunos bonitos edificios que se encuentran en la capital del país. Conclusión inmediata: casi todo lo que nos vende la prensa europea y, sobre todo, norteamericana acerca de la temible Corea del Norte está claramente exagerado o descontextualizado. Eso es algo que cualquiera que haya leído ciertas noticias de ejecuciones totalmente inverosímiles ya podría imaginar, pero el documental aporta otros datos contundentes que, al menos yo, no conocía. Especialmente los relativos al armamento nuclear del país, el cual nos han vendido siempre como una gran amenaza para la paz mundial. Sí, es verdad que desde que explotó la primera bomba nuclear allá por 1945 ha habido tres explosiones nucleares en suelo (o bajo suelo) norcoreano… pero es que resulta que en Francia ha habido 210, en la Unión Soviética (y posterior Federación Rusa) 715 y en Estados Unidos nada menos que 1.032 (este recomendable vídeo lo muestra de forma muy gráfica, aunque hay otros circulando por la red). Así que no me queda muy claro cuál de todos estos países es el realmente peligroso, por muy democráticos que sean sus dirigentes (lo que sí que me queda claro sabiendo esto es que la especie humana no tiene remedio alguno y que más temprano que tarde terminará por cargarse el planeta).

Pero, por otra parte, también es evidente que algo turbio se «cuece» en el país asiático. Cuando no te dejan salir de tu hotel sin guías locales que te acompañen cual pegadizas sombras durante todo momento, cuando el recorrido lo marcan ellos y no tú, cuando por todas partes ves banderas nacionales y retratos del todopoderoso líder o cuando sus habitantes responden con consignas aprendidas o, peor aún, con nuevas preguntas a tus preguntas (impagable lo de la «explicación» de la ideología Juche), lo menos que puedes cuestionarte es si todos esos bonitos edificios que te rodean y toda esa gente sonriente no es más que una especie de «montaje». Evidentemente, los edificios están ahí y no son de cartón-piedra, pero quizás saliendo de las calles por las que te llevan el panorama sea muy distinto. O puede que no, pero la simple duda ya mosquea.

También es curioso el personaje de Alejandro Cao de Benós, el español totalmente seducido por las supuestas bondades del régimen y la ideología norcoreana y que las predica con convicción allá por donde va. Claro que tener sanidad, educación y vivienda gratis y sin pagar impuestos sería algo ideal, pero si te curan con cualquier medicamento ya que no es que abunden en los hospitales, o en el colegio lo primero que te enseñan es amar a tu eterno líder y sus ideas, o tu casa no la puedes elegir tú sino que tienes que aceptar la que el gobierno te dé y en el sitio en que te la dé… la cosa cambia bastante, ¿no? Aunque no es que los discursos que escuchamos a algunos personajes estadounidenses y, especialmente, a los norcoreanos exiliados a los que entrevista el director del filme me parezcan mucho más convincentes, más bien al contrario. En ocasiones afirman cosas tan exageradas que casi da la impresión de que alguien les ha pagado por decirlas.

Pero más allá del tema político, el principal objetivo del documental, como su propio realizador dice casi al final, es mostrar cómo la propaganda puede manipular y lavar la mente de la gente. Tanto da un «bando» que otro, todos intentan vendernos su moto como sea. Para demostrar esto no hace falta irse a Corea del Norte, basta con leer los periódicos españoles después de unas elecciones, o con comparar las cifras oficiales de manifestantes que dan la policía y las que dan los organizadores de la manifestación, o incluso con leer la prensa deportiva (que de prensa cada vez tiene menos, salvo honrosas excepciones, pero como manipuladora de mentes y formadora de «borregos» no tiene precio). O simplemente con recordar la importancia que tuvo la propaganda en la Alemania nazi. Pero el ejemplo de Corea del Norte quizás sea el que mejor demuestra actualmente que la (des)información es un arma mucho más poderosa que las de fuego y que cada vez está más descontrolada, porque gracias a las nuevas tecnologías es mucho más fácil contrastar opiniones y ver todos los lados posibles de cualquier noticia, pero también es más sencillo caer en errores, en las informaciones incompletas (intencionadamente o no) o en la tergiversación del mensaje.

Fiel a sus palabras, y con la imparcialidad que debería tener todo buen documentalista, al final Longoria nos deja casi con las mismas dudas que teníamos al principio del largometraje e incluso con alguna nueva (la principal para mí, ¿de dónde sacan el dinero los norcoreanos para estar haciendo tantas obras y construcciones modernas si la gente no paga impuestos?), pero por lo menos hemos podido escuchar la versión de las dos partes y no solo la que oímos habitualmente, la norteamericana… digo occidental. Si a eso le añadimos la posibilidad de observar, aunque con cierto recelo, cómo se vive en el país asiático y cómo son sus edificios y habitantes, algo que no es ni mucho menos fácil ni habitual, pues el resultado es como mínimo interesante. Y además está presentado de forma amena e incluso irónica en algunas ocasiones por el realizador, algo que siempre es de agradecer y que hace que se vea con mucha facilidad.

Es difícil saber cuál es la verdad, de hecho no creo que nunca la sepamos… pero nos guste o no, y lo sepamos o no, todos somos parte del juego.

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