Obselidia

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Título original: Obselidia
Duración: 1hr 37mins
País: 
Estados Unidos
Año: 2010
Director: Diane Bell
Guión: Diane Bell
Reparto: Michael PiccirilliGaynor HoweFrank Hoyt TaylorKim BeuchéChris ByrneMichael Blackman BeckLinda Walton
Género: Drama. Road movie.

Mi puntuación:  9 / 10

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Trailer (versión original sin subtítulos):

No creáis que exagero si digo que llevaba más de cuatro años buscando la forma de ver esta película, ya fuera de forma legal o «pirata», sin éxito hasta que recientemente apareció en la «bahía» con subtítulos en inglés incluidos. Más concretamente, llevaba esperándola desde su pase en la 55ª edición de la SEMINCI de Valladolid allá por el año 2010, pues por aquel entonces me fue imposible verla (ya no vivía allí) pero conocidos míos salieron entusiasmados tras su proyección. En dicho Festival se llevó el premio del Jurado Joven en la sección Punto de Encuentro, consiguiendo así un nuevo reconocimiento tras los dos que había obtenido poco antes en Sundance (mejor fotografía y el galardón especial Alfred P. Sloan, que premia a las mejores películas de temática científica o tecnológica del certamen). Sin embargo, esto no facilitó su distribución y, si no me equivoco, a día de hoy (cuatro años después de haberse realizado) no ha sido estrenada comercialmente en ningún lugar del mundo, tan solo en un puñado de festivales.

Una pena que sea así, porque me ha parecido una auténtica joya, original, divertida, entrañable y reflexiva a partes iguales, y no creo que sea porque la haya visto en un día especialmente «inspirado» que me hiciera ser más benevolente(?) de lo normal. Nos cuenta la historia de George (fantásticamente interpretado por el desconocido Michael Piccirilli), un peculiar tipo que trabaja en una biblioteca y que está recopilando información para escribir una enciclopedia sobre cosas que se van quedando obsoletas, la ‘Obselidia’ del título. Su cuadriculada forma de pensar y actuar se tambaleará el día en que conoce a Sophie (a quien da vida de forma carismática otra desconocida, Gaynor Howe), una proyeccionista de cine mudo que comparte su entusiasmo por las cosas «antiguas», pero desde otro punto de vista.

La curiosa relación que surge entre ellos es la excusa que utiliza la debutante directora y guionista Diane Bell para plantearnos un montón de cuestiones francamente interesantes acerca del paso del tiempo, de los cada vez más rápidos cambios sociales (y tecnológicos, por supuesto, ya que la tecnología es precisamente la causa de esa «velocidad» cada vez mayor con la que vivimos), del despilfarro consumista actual o de la necesidad de buscar un desarrollo sostenible, entre otras cosas. No son pocas las frases y reflexiones que se podrían resaltar de un guión que me ha parecido totalmente creíble y sincero a pesar de todos los temas que toca, y que está a kilómetros de resultar «pedante» o «cursi» (por así decirlo), defectos de los que a veces pecan otros filmes independientes de este corte basados principalmente en diálogos y protagonizados por personajes de cierto nivel cultural como estos George y Sophie. Por ponerle alguna pega, puede que la historia sea un tanto predecible y su final un pelín sentimental para mi gusto, pero son dos nimiedades frente a todas las cosas buenas que ofrece.

No solo es recomendable por lo que nos dice, si no también por la forma en que nos lo cuenta la directora. Con un acertado ritmo, que en ningún momento es frenético pero menos aún aburrido, y apoyándose en una fotografía espléndida de Zack Mulligan y una adecuada banda sonora compuesta por Liam Howe, lo cierto es que estéticamente también es atractiva.

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Además destila cinefilia por los cuatro costados, ya que no faltan en ella las referencias a obras de culto (pero no de masas precisamente) como Al azar de Baltasar, de Robert Bresson, o Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni. Y, por supuesto, el repaso que hace de cosas que se han vuelto «antiguas» en los últimos quince o veinte años también la ayuda a ganarse la simpatía los espectadores. Veremos u oiremos hablar de teléfonos de «rueda», guías telefónicas, máquinas de escribir, enciclopedias, globos terráqueos, videocámaras no digitales, sillones de escay o cámaras Polaroid (por poner algunos ilustrativos ejemplos), elementos que hasta hace poco se encontraban con facilidad en los hogares de medio mundo y que hoy en día a la mayoría de la gente nos parecen auténticas reliquias desfasadas. También nos muestra cómo algunos hábitos y actividades han cambiado en muy poco tiempo, siendo el ejemplo que más me ha gustado de ello el de los paseos en bicicleta: casi todos los ciclistas salen hoy en día enfundados en mallas y más preocupados en hacer kilómetros, quemar grasas y mejorar sus tiempos que en disfrutar del paseo en sí mismo, del aire libre y de la sensación de libertad que puede darte una bici. Esto lo expone la directora en una escena aparentemente simple y sin gran relevancia para la historia, pero que te hace pensar (o por lo menos a mí, quizás otra persona la vea y no le diga nada) en todas esas cosas y en cómo nos vendría mejor a todos un poco menos de estrés en nuestras vidas. Magistral.

Y, aunque pueda parecer que se trata de una película irremediablemente nostálgica, lo cierto es que su mensaje termina siendo más bien el contrario y nos viene a recordar la importancia que tiene el saber disfrutar de lo que nos rodea mientras podamos, antes de que sea demasiado tarde y de que haya desaparecido paulatinamente casi sin que nos demos cuenta. Pero disfrutarlo de forma responsable y sin abusar de nuestro entorno para no acelerar aún más el irreparable deterioro que ya está sufriendo. Un mensaje optimista pero que también nos lanza una advertencia y nos recuerda que nuestro mundo y sus recursos no son ilimitados.

Así que ojalá podáis verla algún día (aunque ahora mismo es una utopía pensar que llegará a hacerse conocida) porque merece la pena y mucho. Por su entrañable pareja de protagonistas, por su mensaje, por sus fantásticos diálogos, por su música, por su espléndida fotografía, por la huella que puede dejaros tras verla (como a mí). Porque esto es cine del bueno, del que nos demuestra que, a pesar de que el protagonista piense inicialmente lo contrario, la magia aún no se ha ido… o al menos, no lo ha hecho del todo.

No entiendo por qué la gente se empeña en desechar cosas que aún sirven solo porque existen otras más nuevas. Se tiende a creer que las cosas más modernas nos hacen la vida más fácil, y no es así necesariamente.

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