Vivir

IkiruPost .

Título original: Ikiru
Duración: 2 hrs 23 mins
País: 
Japón
Año: 1952
Director: Akira Kurosawa
Guión: Akira KurosawaShinobu HashimotoHideo Oguni
Reparto: Takashi ShimuraMiki OdagiriNobuo KanekoKyôko SekiHaruo TanakaMakoto KoboriKumeko UrabeShin’ichi HimoriKamatari Fujiwara, Minoru Chiaki, Bokuzen Hidari
Género: Drama

Mi puntuación:  8 / 10
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Uno de los títulos más aclamados del célebre realizador japonés Akira Kurosawa es Vivir, un tremendo drama que nos cuenta la historia de Kanji Watanabe, un veterano funcionario (a quien da vida uno de los actores fetiche del director y uno de los mejores de la historia del país nipón, Takashi Shimura) que cuando está a punto de cumplir 30 años de servicio descubre que padece un cáncer de estómago incurable y que le quedan unos pocos meses de vida.

Su primera reacción tras comprender su terrible situación es echar la vista atrás para rememorar los que quizás sean los momentos más importantes de su existencia, los que marcaron la relación con su único hijo, Mitsuo (interpretado por Nobuo Kaneko), al que tuvo que criar solo tras la temprana muerte de su esposa. Éste ya es un hombre hecho y derecho que, al notar un día la preocupación de su padre le pregunta qué le pasa, pero nuestro protagonista prefiere callar y no contarle nada. Ya siente que importa más bien poco y que estorba demasiado en la pequeña casa en la que viven ambos junto a la esposa de Mitsuo (Kyôko Sekicomo para preocuparle por una enfermedad que ya no tiene arreglo. Y tampoco se lo comenta a su hermano por ese mismo motivo. Es una actitud que a mí me parece totalmente comprensible, guardarse la trágica noticia para sí mismo por no perturbar a sus (pocos) seres queridos, aunque también me habría parecido coherente que hubiese decidido contarlo. Comprender que tu vida terminará mucho antes de lo que esperabas debe ser algo tan terrible que cualquier reacción a ello tiene lógica.

Tampoco dice ni una palabra sobre el tema en el trabajo, al que deja de acudir sin avisar a nadie. Puede que lo haga por la misma razón por la que oculta la enfermedad a sus familiares, o más bien porque al saber que su vida está terminando ha comprendido, de golpe y cuando ya es demasiado tarde para remediarlo, lo hastiado que estaba de su rutinaria labor en un oficio que le ha alienado por completo, despojándole de cualquier atisbo de creatividad y ambición hasta convertirlo en poco menos que un autómata cuyos días son prácticamente iguales unos a otros.

Por ello, decide apurar sus últimos meses haciendo lo que no ha podido en toda una vida dedicada a su hijo y a su trabajo: vivir. O mejor dicho, disfrutar de la vida. Aunque no sabe muy bien cómo hacerlo, así que prueba a beber alcohol (cuando nunca antes lo había hecho) y a salir por las noches, yendo a jugar al bingo y acudiendo a salas de baile, locales de streaptease y demás garitos nocturnos. Incluso intenta buscar el amor en los brazos de una joven excompañera de trabajo (Miki Odagiri), de cuya vitalidad quiere contagiarse porque cree que así aprenderá a divertirse, pero todos sus esfuerzos son en vano. Está tan habituado a sus grises rutinas que cuando hace algo distinto no está a gusto y se siente aún más desdichado.

Como vemos, se trata de una historia triste y dura… pero corriente. De hecho diría que un gran porcentaje de la población está (o estamos) abocada a vivir algo similar: toda una vida de monótono sin reconocimiento alguno y de dedicación a la familia, rematada sin pena ni gloria por el paso del tiempo o, peor aún, por una grave enfermedad. Por ello hay que quedarse con algunas frases del guión, puestas sobre todo en boca del improvisado compañero de borracheras (Haruo Tanaka) que se encuentra nuestro protagonista, que nos recuerdan que no todo en la vida son responsabilidades («El verdadero deber de todo hombre tendría que ser disfrutar de la vida»«Los hombres han de sentir lujuria por la vida») y que debemos dejar siempre un hueco para nosotros mismos y pasarlo bien sin pensar continuamente en obligaciones autoimpuestas. Vivir, y no simplemente sobrevivir, sin que por ello sintamos que estamos siendo irresponsables o “fallando” a los demás. Hay tiempo para todo.

El gran guión escrito por el propio Kurosawa con sus habituales colaboradores Shinobu Hashimoto (Trono de sangre, La fortaleza escondida, Rashômon o Los siete samuráis son algunos de los guiones que escribieron juntos) y Hideo Oguni (coautor de los “libretos” de Ran, El infierno del odio y también colaborador en las ya mencionadas Los siete samuráis, Trono de sangre y La fortaleza escondida) va aún más allá de estas reflexiones sobre el sentido que tiene la vida y también se atreve a tocar y criticar, aunque sea de refilón, otros temas candentes en un país que por aquel entonces estaba en pleno cambio y recuperándose económicamente a pasos agigantados (aunque desiguales) tras la II Guerra Mundial. La absurda burocracia que alargaba y complicaba de forma irritante la realización de cualquier trámite o petición, la manipulación de una prensa que buscaba cada vez más el sensacionalismo y no solo difundir las últimas noticias, o la cobardía de la clase médica a la hora de dar malas noticias a sus pacientes, engañándolos para no preocuparles cuando creían que sus enfermedades ya no tenían remedio en un claro ejemplo de poca profesionalidad, son solo algunos de los asuntos “sociales” que tienen cabida en el filme.

Quizás su único problema importante sea su duración, que ronda las 2 horas y 30 minutos, ya que algunas secuencias dan la sensación de estar estiradas en exceso (como por ejemplo, la de la juerga o la del debate sobre la creación del parque y otros diálogos entre los compañeros de trabajo del protagonista, de los que no doy más detalles por no caer en spoiler), así que la película se hace un tanto larga y reiterativa, sobre todo en su tramo final. Si no fuera por ello sería una obra casi redonda, ya que conjuga el estimable guión del que ya he hablado con la sobria dirección de Kurosawa y unas emotivas actuaciones, especialmente la del protagonista Takashi Shimura, que llega a ponernos un nudo en la garganta en varios momentos con sus tristísimas miradas. Aun así, contiene una gran cantidad de elementos que te harán reflexionar y, pese a su tono amargo, es un filme de esos que te insuflan ganas de aprovechar todo lo que te ofrece la vida… antes de que sea demasiado tarde.

No puedo permitirme el lujo de odiar a la gente, no tengo tiempo para eso.

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