Rincones de cine: Escocia

Hace unos días volví de una escapada que llevaba años queriendo hacer: una ruta por tierras escocesas. No creo que haga falta decir que me ha parecido un viaje más que recomendable para aquellos a quienes les gusten la naturaleza, el senderismo, los castillos, la cultura celta o también el whisky y la cerveza, ya que es un destino que se «vende» solo. Pero también es más que recomendable para los cinéfilos porque las películas que se han rodado allí son numerosas, buscando aprovechar esos paisajes tan extraordinarios que tienen, esos castillos que tan bien conservan o sus grises pero para nada exentas de encanto urbes. Y no me refiero solo a producciones británicas tan conocidas como las sagas de Harry Potter y Los inmortales, o 2001: una odisea en el espacioTrainspotting, Hamlet y Carros de fuego, ya que allí también se han rodado producciones internacionales (o al menos algunas de sus escenas, principalmente exteriores) tan famosas como Braveheart, Rob Roy, El código Da Vinci, Guerra Mundial Z y la serie  Juego de Tronos, por citar solo algunos ejemplos.
Nosotros comenzamos la ruta en Edimburgo, donde alquilamos un coche y pusimos rumbo (conduciendo por la izquierda, algo que por lo que comentaron los colegas que condujeron tampoco es tan complicado como parece aunque sí que exige más atención dada la falta de costumbre) a la isla de Skyepasando de camino por Stirling y parte de las Highlands y volviendo por la zona este del país (Aberdeen, Dundee, St. Andrews, etc.). Fue un viaje bastante completo, aunque si podéis ir unos quince días para poder subir a las nórdicas islas Orcadas o recorrer el parque nacional Cairngorms que está en el centro del país, sería lo ideal. Nosotros no pudimos hacerlo por falta de tiempo, al igual que tampoco pudimos ver varios castillos que aparentemente son espectaculares, pero así ya tenemos excusa para volver. A continuación os dejo unas fotos (no hacen justicia alguna a la realidad porque ni soy fotógrafo ni mi cámara es gran cosa, y además el cielo estuvo bastante cubierto durante todo el viaje) y algo de información de los cinco lugares que a mí más me gustaron de todos lo que vimos, ordenados «cronológicamente» y haciendo alguna referencia al mundo del cine ya que al fin y al cabo este blog va de eso:

Isla de Skye:

Reconozco que antes de planear el viaje no sabía nada de esta isla, a pesar de ser la más grande de las Hébridas interiores y una de las más visitadas de Escocia. Pero una vez allí comprendí rápidamente por qué atrae tanto turismo: sus paisajes han sido probablemente los más espectaculares que vimos en todo el viaje, y eso que el listón fue alto. Montañas que «sangraban» pequeños riachuelos de agua, cascadas, lagos, praderas, playas, acantilados, precipicios… y muy poca gente. No es una isla grande, pero en sus 1.656 kilómetros cuadrados de extensión no viven ni 10.000 personas, así que es todo un remanso de paz y tranquilidad que parece totalmente ajeno al ajetreo de estos tiempos en los que vivimos. Imprescindibles sobre todo estos cinco puntos de la isla: las Cuillin (unas montañas que gustarán sobre todo a senderistas y montañeros, ya que no son muy altas y se pueden ascender bien), el castillo de Dunvegan (la entrada es carísima, pero si no pagas no lo puedes ver ni desde fuera y lo cierto es que es bastante curioso y está rodeado de bonitos jardines, así que la visita se puede alargar varias horas si no vais con prisa), el imponente acantilado Kilt Rock (que parece estar trazado con escuadra y cartabón, y en cuyo mirador suena una especie de «melodía» producida por el viento que entra en unos agujeros que tiene su barandilla), el Old Man of Storr (un altísimo monolito de piedra, con otros más pequeños alrededor, desde donde se obtienen unas vistas fantásticas) y Portree (la población más importante de la isla que tiene un curioso puerto rodeado de casas de colores… y algún bar en el que tomar algo, ya que en el resto de la isla puede ser un tanto complicado encontrarlos).
Con semejantes paisajes sería raro que algún director o productor de cine no hubiera probado a rodar allí alguna escena de sus películas, siendo Los inmortalesFlash GordonLos caballeros de la mesa cuadradadaRompiendo las olasPrometheus o Stardust algunas de las más conocidas.

Castillo de Eilean Donan:

O el «castillo de Los inmortales«, como muchos (cinéfilos o no) lo llaman. Probablemente sea el castillo más fotografiado de Escocia ya que está situado en un enclave inmejorable, en un pequeño islote que se alza sobre el lugar en el que se juntan las aguas de los lagos Duich y Alsh, ofreciendo así unas vistas espectaculares de ambos y de los montes que los rodean. Solo se puede acceder a él en barco o a través de un pequeño puente de piedra, por lo que en su época fue un punto estratégico de gran importancia y muy difícil de tomar, y por eso mismo ha sido modificado, destruido y reconstruido en alguna que otra ocasión. De hecho, se mantuvo casi totalmente en ruinas durante casi doscientos años, tras el ataque que sufrió a principios del siglo XVIII durante el enfrentamiento entre jacobitas e ingleses, en el que varias fragatas británicas lo bombardearon sin piedad para evitar futuros levantamientos. En ese momento el castillo tan solo estaba ocupado y defendido por 46 soldados españoles que apoyaban la causa jacobina, así que su resistencia fue más bien nimia. Hasta principios del siglo XX no se realizaron los trabajos de reconstrucción, de forma bastante libre ya que no había demasiadas referencias sobre cómo era el original, así que la fortaleza que podemos ver hoy en día es bastante moderna pese a su aspecto antiguo. Pero gracias a dicha reconstrucción, películas como Rob Roy, El mundo nunca es suficiente, La trampa, Elizabeth o la ya mencionada Los inmortales pudieron disfrutar de un insuperable sitio en el que rodar algunas de sus escenas.
Se puede visitar pagando una entrada (como en casi todos los castillos escoceses, incluso los que están en ruinas), que si no recuerdo mal era de unas 6,5 libras. No es barato, pero los hay mucho más caros y no está mal, aunque lo mejor son sus vistas y el entorno que lo rodea, como ya he dicho.

Inverness:

No me habían hablado muy bien de la capital de las Highlands, pero la verdad es que está situada en un punto estratégico tanto para los viajeros que quieran pasar de las islas Hébridas interiores (sobre todo la de Skye, que es la que está más al norte) a la zona este del país, como para los que quieran acceder a la zona más nórdica e incluso para quienes quieran recorrer el centro. Y por supuesto, también para hacer excursiones al famoso lago Ness, cuyas aguas confluyen con las del río homónimo que atraviesa la ciudad hasta desembocar en el fiordo de Moray. Por cierto, no es por desprestigiar el hogar del monstruo Nessie pero realmente no es más que un lago, muy largo (eso sí) pero que tampoco tiene unos paisajes que destaquen sobremanera. En mi opinión, hay un buen puñado de vistas mucho más espectaculares en torno a otros lagos menos conocidos del país. La ciudad es fría (está en la misma latitud que Oslo, por poner un ejemplo) y no es una maravilla, pero dar un paseo al lado del mencionado río Ness tiene su encanto ya que así podremos ver un pequeño castillo, una catedral y otro par de iglesias grandes y antiguas que están cerca de la orilla, además de cruzar por los dos puentes colgantes de peatones que se balancean con el paso de los transeúntes (no me quiero imaginar cómo se deben mover en los días que sople bien el viento). Otra recomendación es que os paséis por el pub Hootananny, un local en el que por lo visto suele haber música en vivo a diario. Nosotros nos sentamos a tomar algo y de pronto empezamos a ver cómo los de la mesa de al lado empezaban a sacar violines, guitarras y hasta una gaita y comenzaron un concierto que si no estaba improvisado lo parecía totalmente. Supongo que es un espectáculo básicamente dirigido a captar la atención de los turistas, pero a nosotros nos gustó mucho. Podéis ver una pequeña muestra en el vídeo que inserto a continuación de las imágenes.
Y también hemos podido ver esta ciudad en el cine, ya que allí se rodaron secuencias de películas como La vida privada de Sherlock Holmes, del genial Billy Wilder, o las más recientes Prometheus y El caballero oscuro: la leyenda renace, que contiene alguna escena filmada en su aeropuerto.

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St Andrews:

Conocida por ser la cuna del golf, esta bonita y pequeña ciudad de menos de 20.000 habitantes respira ambiente universitario por todos sus poros, y eso que nosotros anduvimos básicamente por su parte histórica y no vimos los barrios en los que se alojan la mayoría de estudiantes y jóvenes golfistas. Turísticamente hablando, esa zona que vimos es la más atractiva ya que allí se encuentran las ruinas del Castillo y de la Catedral (que en su día fue la más grande del Reino Unido) y los edificios de la Universidad, que datan del siglo XVI pero que aún están en uso dado su perfecto estado de conservación. Además, si sois aficionados al golf también podéis recorrer el Old Course, uno de los campos más antiguos del mundo.
Cinéfilamente hablando, esta localidad es conocida porque en una de sus playas se rodó la mítica escena inicial de Carros de fuego en la que los atletas corren al son de la música de Vangelis. Además, en los edificios de su Universidad se rodaron varias secuencias de una de las cintas románticas más aclamadas del cine independiente de los últimos años, Nunca me abandones. 

Edimburgo:

Para el final dejamos la «joya de la corona», la capital del país. Una ciudad de medio millón de habitantes en la que viven unos 30.000 españoles, la mayoría jóvenes que han ido a buscarse la vida, a mejorar su inglés (aunque con el acento cerrado de los escoceses no sé yo si es el mejor sitio para hacerlo), a estudiar o a las tres cosas a la vez, por lo que en casi todos los bares y tiendas encontraréis a alguien que os atienda en castellano si lo necesitáis. No voy a hablar de su importancia histórica, ni de sus monumentos, ni de las fantasmales leyendas que rodean a la ciudad, (si queréis leer cosas sobre eso hay muchos blogs de viajes que seguro que lo cuentan mejor que yo) pero sí diré que si tuviera que «buscarme las castañas» fuera de España sería una de mis primeras opciones a valorar, creo que con esto dejo claro que me pareció un gran sitio en el que vivir dado su gran atractivo «visual» y la amabilidad de sus gentes (aunque en principio puedan aparentar lo contrario).
En cuanto al séptimo arte, además de ser el lugar de nacimiento del mítico actor Sean Connery y de albergar cada mes de junio un Festival de Cine que ya suma 68 ediciones, por la capital del país escocés han pasado los equipos de rodaje de multitud de películas británicas tan conocidas como 39 escalones, Carros de fuego, Tumba abierta, El secreto de Mary Reilly, Burke y Hare (una pasable comedia negra sobre los traficantes de cadáveres más famosos de la historia escocesa; una práctica -la del robo y venta de cuerpos, que no de sus joyas- muy habitual en los cementerios de la ciudad durante el siglo XIX), One day, La parte de los ángeles (de la que ya escribí en su día) o la serie de la BBC Norte y Sur, además de otras taquilleras producciones extranjeras como El código Da Vinci (algunas de sus escenas más importantes se rodaron en la capilla Rosslyn que está en las afueras de la ciudad) o la reciente El atlas de las nubes. Aunque probablemente la imagen más mítica de Edimburgo en el cine la encontremos en Trainspotting, la inmejorable adaptación de la gran y cruda novela del escocés Irvine Welsh cuyos protagonistas son unos chavales del barrio portuario de Leith (la verdad es que hoy en día se parece poco al descarnado lugar que describía el libro, ya que se ha transformado en una de las zonas más caras y cosmopolitas de la ciudad). La mayoría de la película se filmó en Glasgow, pero esa escena de la que hablo se rodó entre las calles de Hanover Street, Princes Street y Calton Road, y en ella podemos ver a Ewan McGregor y Ewen Bremner huyendo de unos policías al son del Lust for life de Iggy Pop mientras escuchamos el memorable y devastador monólogo de «Elige una vida…».

Por terminar con Escocia y el cine, otra de las anécdotas que nos contaron fue la del robo de la mítica Piedra del Destino. Es una piedra que estuvo presente en todas las coronaciones de los reyes escoceses, quienes se sentaban sobre ella durante dichas ceremonias, hasta que en el siglo XIII fue capturada por los ingleses y se la llevaron a la Abadía de Westminster. Allí permaneció durante cientos de años hasta que, en 1950, cuatro jóvenes estudiantes de Glasgow pensaron durante una borrachera que debían recuperarla a toda costa. Sorprendentemente, aún estando sobrios decidieron seguir adelante con el robo y tras analizar concienzudamente los planos, horarios de guardia y turnos de limpieza de la Abadía, el día de Nochebuena (ya que es cuando la gente cena en familia y las calles están menos transitadas) se plantaron en ella y se hicieron con el sagrado símbolo escocés. Ni qué decir tiene que una piedra que pesa unos 200 kilos es algo difícil de mover, a lo que hay que añadir que es de arenisca (no PiedraDestinotan dura como el granito, precisamente), así que era casi inevitable que antes de meterla en el maletero del coche sucediera lo que sucedió: se les cayó al suelo y se partió en dos. Aún así recogieron los pedazos y se los llevaron en dos coches distintos, pero antes de llegar a Escocia oyeron por la radio que las autoridades inglesas, tras descubrir el robo, habían decidido cerrar las fronteras del norte. El coche que portaba el trozo más pequeño logró cruzarlas a tiempo, pero el otro no, así que sus ocupantes decidieron poner rumbo al sur para dejarla escondida en algún sitio, eligiendo para tal propósito un prado del condado de Kent. Una vez que la dejaron allí volvieron a Escocia (convertidos en anónimos héroes nacionales) con la idea de recuperarla en cuanto los ánimos se calmaran pero, cuando semanas después volvieron a por ella, se encontraron con que un campamento gitano se había instalado justo en ese lugar… y el patriarca estaba sentado justo encima del gran pedazo de piedra (teniendo derecho a reclamar la soberanía de Escocia sin saberlo, por cierto). Parecía que la cosa se complicaba, pero tuvieron suerte de que los gitanos fueran irlandeses (con quienes los escoceses comparten una enemistad ancestral hacia los ingleses) y pudieron llevársela sin más impedimentos a su país. Allí un cantero unió los dos pedazos y, por lo visto, una vez reparada la legendaria piedra se pasó semanas deambulando de bar en bar ya que no sabían donde ponerla, mientras los lugareños brindaban y bebían sobre ella como si fuera lo más normal del mundo. Finalmente, viendo que la opinión pública no estaba tan a favor del robo como en un primer momento, los ladrones la abandonaron en la Abadía de Arbroath y poco después las autoridades la devolvieron a Inglaterra. Aunque aún hay quienes creen que esa piedra abandonada no era más que una imitación de la real, algo que nunca se podrá comprobar ni saber a ciencia cierta.
Una historia estrambótica a más no poder (probablemente algo exagerada) que serviría de base para escribir el guión de una gran comedia. De hecho ya hay una entretenida película, llamada Stone of destiny y protagonizada por Charlie Cox, Kate Mara y Robert Carlyle entre otros, que aborda el tema aunque cambiando algunos elementos y centrándose demasiado en el aspecto nacionalista del asunto más que en su vis cómica. Por cierto, Ian Hamilton, el cabecilla de los ladrones, ha terminado siendo un reputado abogado y llegó a ser Rector de la Universidad de Glasgow (gran ejemplo para los estudiantes). Tiene blog personal y todo. Por su parte, la piedra se puede ver actualmente en el Castillo de Edimburgo junto a las joyas de la Corona, ya que fue devuelta por los ingleses a su país de origen en 1996 hasta que haya una nueva coronación en Gran Bretaña, momento en el que volverá nuevamente a Westminster para estar presente en dicho acto. Aunque seguramente va a pasar un tiempo hasta que eso suceda porque la eterna Isabel II parece tener cuerda para rato.

CañónBobbyHaggis

Otros tres símbolos de Edimburgo:
– El cañón de la una, que desde lo alto del Castillo dispara un cañonazo cada día a esa hora desde el año 1861.
– La estatua en honor al perro Bobby, un terrier que permaneció durante 14 años seguidos, hasta que murió, junto a la tumba de su amo en el cementerio más tenebroso de la ciudad, el de Greyfriars.
– El haggis, el plato más típico de Escocia, hecho de hígado y pulmones de oveja. Suena fatal pero, servido a modo de pastel con una especie de puré de patata por debajo, sabe bastante bien y es muy contundente para pasar el frío.

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