Scarface, el terror del hampa

ScarfacePost.

Título original: Scarface
Duración: 1 hr 33 mins
País: Estados Unidos
Año: 1932
Director: Howard Hawks, Richard Rosson
Guión: Ben Hecht
Reparto: Paul MuniGeorge RaftAnn DvorakKaren MoleyOsgood PerkinsVince BarnettBoris KarloffC. Henry GordonEdwin Maxwell, Inez Palange, Jean Harlow
Género: Cine negro. Crimen.

Mi puntuación:   9 / 10

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En 1932 se estrenó una de las producciones más conocidas del multimillonario Howard Hughes: la adaptación de Scarface, una novela de Armitage Trail que, basada en la figura de Al Capone, narraba el fulgurante ascenso a la cima del crimen organizado de Chicago de un matón de origen italiano que lograba sus objetivos a base de violencia y ausencia total de escrúpulos. De la dirección de la película se encargó uno de los mejores directores norteamericanos de todos los tiempos, Howard Hawks, pero, aunque hoy es considerada por muchos críticos e historiadores de cine como una obra clave que marcaría el desarrollo del cine negro, nunca llegará a alcanzar la fama ni la repercusión que tiene el remake que Brian de Palma dirigió más de 50 años después. Es algo curioso, e incluso podríamos decir que injusto, pero cuando la mayoría de la gente oye hablar de Scarface la imagen que la tiene en mente es la de Al Pacino metido en la piel de Tony Montana, pocos son quienes recuerdan la versión de los años 30.

Por eso es casi imposible escribir sobre una de ellas sin compararla con la otra. Sobre todo si se trata de la original, ya que son muchos más los que han visto el remake. Y puestos a comparar, lo primero que hay que decir es que, a pesar de las evidentes diferencias en cuanto a medios, formas de rodar e incluso de actuar (en los años 30 la influencia del cine mudo todavía pesaba mucho), ambas versiones se parecen mucho más de lo que podría pensarse a priori. En esencia, el remake es la misma película adaptada a los tiempos que corrían, sin innovar ni cambiar prácticamente nada de la historia ni de las relaciones entre sus protagonistas. El principal elemento que las distingue (aparte del lugar en el que transcurre la acción y del cambio del país de origen del protagonista, cosas que no son demasiado determinantes) es que en la versión de los años 80 la cocaína sustituye al alcohol como base de los negocios mafiosos (y de las aficiones del protagonista), algo que puede justificar que fuera una película tan excesiva y pasada de rosca en muchos momentos. La versión de Hawks, aunque también presenta a un protagonista irascible e impulsivo y está rodada con muy buen ritmo, resulta mucho más comedida, menos aparatosa, más «clásica» en definitiva (como es lógico). Por ello, si tuviera que elegir entre ambas me quedaría con ésta, aunque la de De Palma también me parece una película notable que contiene unas cuantas imágenes para el recuerdo y nos muestra una actuación tan desmesurada como inolvidable del gran Al Pacino.

Uno de los mayores aciertos de esta versión original es el gran ritmo que imprime el director a la narración, como ya he comentado antes. Apenas hay descanso, ni siquiera en los diálogos y reuniones de los gángsteres o en los momentos en los que éstos coquetean con las mujeres que se cruzan en su camino la cadencia decae ni un minuto ni la historia da rodeos innecesarios. Todo se nos cuenta de forma directa y precisa, sin adornos, logrando una película entretenidísma, algo que también es mérito del buen guión escrito por Ben Hecht, sin duda. Quizás lo único que chirríe un poco sea algún momento de humor, a cargo sobre todo del palurdo personaje interpretado por Vince Barnett, ya que aunque sí que son medianamente cómicos desentonan con el tono del resto del relato. Por cierto, el propio Hawks también participó en la elaboración del libreto, como solía hacer a menudo en sus inicios como director.

Otro de los elementos que destacan es la forma en la que se nos muestran los asesinatos que a sangre fría ejecutan el protagonista y sus compinches. En lugar de ver los tiroteos vemos la sombra de los ejecutores disparando, como en la escena inicial (que con esa estética nos engancha irremediablemente a la película cuando apenas ha comenzado), o las siluetas de los asesinados que en breve darán paso al humo y los agujeros de bala, como en la sublime secuencia en la que de golpe acaban con la vida de siete capos. Lo de no enseñar la propia imagen de los asesinatos a los espectadores no fue algo nuevo (ya sucedía por ejemplo en la imprescindible M, el vampiro de Düsseldorf, del maestro Fritz Lang, estrenada un año antes), pero hacerlo de esta forma, aprovechando a la perfección las posibilidades que ofrecía el blanco y negro con sus luces y sombras, sí que fue novedoso e imitado en posteriores ocasiones en otras obras del género.

Por otro lado, desde los mismos títulos de crédito iniciales veremos la importancia que tiene en la narración el símbolo «X». Cada vez que aparece, sea del modo que sea, podemos anticipar una muerte, como si los personajes estuvieran marcados. Así sucede en la secuencia de los siete capos que ya he mencionado antes, que tiene lugar bajo una columna de hierro en la que podemos distinguir siete Xs, una por cada uno de los (en breve) difuntos. O en la de la bolera, en la que un jugador marca su pleno con una X justo antes de que ocurra lo que todos esperamos. O en otra escena clave casi al final de la película que transcurre en la habitación número X (el diez romano) de un hotel: antes de que se abra la puerta ya sabemos el trágico destino que espera a quien está dentro. Son tres ejemplos pero hay muchos más, y eso sin mencionar la X más evidente, la que el propio protagonista luce en la cicatriz que surca su cara y por la que se le apoda «Scarface» (cara cortada). No sé si Hawks pretendía indicar algo con esto, como si fuera una especie de metáfora de la muerte, o si recurrió a ello como un simple elemento visual fácilmente identificable que despertara la curiosidad de los espectadores, pero me parece digno de mención.

A todas estas virtudes y elementos de interés hay que sumarle la buena labor del reparto. El que más destaca es un impetuoso Paul Muni que resulta tan carismático como engreído en su rol de Tony Camonte, el violento y ambicioso protagonista, logrando ganarse la simpatía del público por momentos a pesar de que en muchas otras ocasiones den ganas de partirle esa bocaza que tiene (aunque probablemente fuera él quien nos la partiera a nosotros si se diera el caso). Su representación de la chulería y de la forma tan «animal» de pensar que tiene su personaje es tan perfecta como su exposición de los celos y la paranoia que le atormenta cada vez más conforme avanza la historia y asciende en el escalafón gansgteril. A su lado casi siempre encontramos a un correcto George Raft en la piel del fiel compañero de Tony (en el remake es el papel que interpretó el cubano Steven Bauer), y otra de las más destacadas es Ann Dvorak, que aporta una curiosa mezcla de ingenuidad y picardía a su personaje, la hermana de Tony, quizás el menos plano y el que más aristas tiene de todos. El gran Boris Karloff (el inolvidable monstruo de Frankenstein) también hace acto de presencia en un papel importante pero de corta duración, por lo que su actuación no es de las más destacadas.

Y mientras vemos y pensamos en todo esto, Tony Camonte se va haciendo con el control de la mafia de Chicago. A base de algo tan «simple» como hacer lo que quiere cuando quiere, a costa de quien sea. Me apetece esto, te interpones en mi camino, te mato y lo obtengo. «El mundo es tuyo», reza un letrero luminoso que ve desde la ventana de su habitación, y Tony se lo toma al pie de la letra. Así, entre traiciones, ametralladoras y cristales rotos, Hawks teje un auténtico peliculón que comienza denunciando (literalmente) al Gobierno estadounidense por no hacer nada ante semejantes atrocidades en la «vida real» y termina haciendo que un personaje que las comete llegue incluso a caernos bien… en la ficción, claro.

Se trata, por tanto, de un imprescindible largometraje que aúna entretenimiento y calidad a partes iguales, además de tener un gran valor «histórico» para el desarrollo del cine negro. Su mayor inconveniente es que puede que os haga valorar un poco menos la versión posterior de De Palma… y eso ni siquiera es «culpa» suya.

Escucha, Little Boy, en este negocio solo hay que seguir una norma para no meterse en problemas: hazlo primero, hazlo tú mismo y continúa haciéndolo.

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