Testigo de cargo

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Título original
Witness for the prosecution
Duración: 1 hr 56 mins
País: Estados Unidos
Año: 1957
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder, Harry Kurnitz
Reparto: Charles Laughton, Tyrone Power, Marlene Dietrich, Elsa Lanchester, Torin ThatcherJohn Williams, Henry Daniell, Una O’Connor, Francis ComptonNorma VardenRuta Lee, Ian Wolfe
Género: Intriga. Drama.

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Mi puntuación:    9 / 10

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Dejando por un día el cine actual, hoy voy a comentar un clásico de uno de mis directores favoritos, el genial Billy Wilder, ya que aún no había escrito sobre ninguna de sus películas. No me parece su mejor obra (ese puesto se lo dejo a El crepúsculo de los dioses) pero sin duda se trata de uno de los dramas judiciales más importantes de la historia del cine (de hecho, es el mejor valorado por los usuarios de FilmAffinity).

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Basada en un relato del mismo nombre escrito por la británica Agatha Christie (con intención de adaptarlo al teatro), la trama gira en torno a la figura de Leonard Vole (interpretado por Tyrone Power), un hombre acusado de haber asesinado a una adinerada mujer mayor que él (Norma Varden) con la que había trabado amistad, para presuntamente quedarse con la herencia de ésta. Las pruebas en su contra parecen bastante evidentes, así que para defenderse ante la Justicia optará por contratar los servicios de Wilfrid Roberts, un experimentado abogado londinense con una salud más que delicada al que da vida Charles Laughton. La entrada en escena de la mujer alemana de Vole (Marlene Dietrich) dará un vuelco a  todo el proceso judicial, y hasta aquí puedo leer sin revelar mucho más del argumento.

El comienzo de la película sirve para presentarnos a los personajes y mostrarnos rápidamente cómo son (o aparentan ser): el abogado es un cascarrabias de  humor punzante y afición por el tabaco y la bebida, que no da gran importancia a sus problemas de salud; por su parte, el acusado parece el típico joven simpático y agradable, mientras que su elegante mujer da la impresión de ser manipuladora y fría como el hielo. Este inicio es muy entretenido y disfrutable, sobre todo por las constantes pullas que el abogado suelta a todo el que le rodea (son antológicas sus conversaciones con la enfermera, brillantemente interpretada por Elsa Lanchester, que curiosamente era la mujer de Laughton en le vida real), aunque quizás sea un tanto ligero. Hasta que no empieza el juicio la cinta no deja de ser una muy buena comedia pero sin mucha más enjundia.

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Pero una vez que empieza el litigio, a la dosis de humor se le suma la de intriga y todo adquiere una mayor relevancia. Vemos cómo constamente se entremezclan ágilmente el drama, el suspense y la comedia, de forma que cada vez nos interesamos más por una trama que va ganando en emoción con el paso de los minutos, hasta llegar a un final sorprendente e inesperado. Muchos critican este final (y la historia en sí) diciendo que es tramposo; pues bien, yo prefiero que sea así a que resulte predecible.

Es cierto que la película basa gran parte de su éxito en una serie de giros de guión y golpes de efecto que pueden ser un tanto rebuscados e incluso inverosímiles, pero Wilder nos los presenta de una forma tan hábil que esto no molesta en absoluto. Los ingeniosos diálogos contribuyen en gran medida a que el público se deje «engañar» y atrapar por la historia, y a hacer que en lugar de cuestionar lo que está viendo disfrute con ello. El magnífico guión, por tanto, es uno de los grandes pilares sobre los que se sostiene la historia (como siempre sucede en el cine de este fantástico director).

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El otro gran pilar es su reparto. O mejor dicho, el inmenso (literal y metafóricamente) Charles Laughton, que es el verdadero protagonista de la cinta. Su interpretación del abogado defensor gruñón y sarcástico es sencillamente una de las mejores que yo he visto jamás en una película. Es fantástico verle refutar astutamente todos los argumentos de la acusación y sus testigos mientras se tambalea sudoroso y agitado, debido en parte a su enfermedad y en parte al abundante coñac que bebe durante el pleito (camuflado en un termo supuestamente lleno de agua para tomar sus pastillas). Y su humor mordaz e irónico le dan el toque final que hace que su personaje pase de ser muy bueno a ser memorable. Hay que reconocer que Tyrone Power también hace un trabajo muy convincente y que Marlene Dietrich borda el papel de refinada arpía (y, entre otras cosas, deja una frase para la posteridad: «Nunca me desmayo porque no estoy segura de caer con elegancia».), pero ambos quedan eclipsados ante la enorme presencia del actor inglés.

Por eso me parece una película totalmente recomendable incluso para quienes sientan aversión por el cine en blanco y negro, ya que no ha notado el paso del tiempo ni perdido un ápice de su frescura. Y esa, la frescura que desprende, es su principal arma ya que se ve tan fácilmente y se pasa tan buen rato con ella que se hace corta. Y cuando una cinta te deja esa sensación es porque es realmente buena.

—Señor Wilfrid, es la hora de la siesta. ¡A la camita! Tenemos que ir arriba, a quitarnos la ropa y a descansar.
—¿Los dos? Qué nauseabunda perspectiva.

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