Rincones de cine: Meteora

Hoy voy a hacer un pequeño off-topic para escribir sobre otra de mis pasiones, viajar y descubrir sitios nuevos. Rincones que pueden ser tan sorprendentes como este que se encuentra en Grecia y está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Meteora. Aunque por relacionarlo con el mundo del cine, un par de apuntes: aquí se rodaron las escenas de la parte final de Solo para sus ojos, la 12ª entrega de James Bond, en 1981, y en el Festival de Berlín de este año se presentó en la sección oficial una película (no documental) cuyos protagonistas son un par de monjes ortodoxos que viven allí.

Cuando el año pasado planeé con unos amigos hacer una escapada a la Grecia peninsular, uno de los lugares que marcamos como fijos tras ver algunas imágenes fueron estas curiosas formaciones rocosas con monasterios en sus cimas. Para llegar hasta allí lo que hicimos fue alquilar un coche en Salónica y en unas 3 horas aproximadamente llegamos a la pequeña localidad en la que se encuentran, Kalambaka, desde la cual ya se puede contemplar la parte exterior de las gigantescas rocas.

El día era gris, con lo cual no pudimos ver el paisaje en todo su esplendor, pero teniendo en cuenta que estábamos a finales de otoño la verdad es que tuvimos suerte de que no lloviera e hiciera una temperatura muy agradable para caminar. Porque, aunque hay carreteras estrechas por las que se puede acceder en coche a la parte superior de las rocas, para llegar a los monasterios hay que subir por escaleras que no son cortas precisamente, muchas de ellas esculpidas directamente en la piedra. Aunque cualquiera es capaz de hacer el recorrido sin problemas, de hecho los pocos turistas (por suerte, otro punto a favor) que vimos aquel día parecían grupos de holandeses o alemanes en algún viaje de jubilados, o alguna familia viajera con niños que había subido en coche igual que nosotros. Además, hace seis siglos ya estaban habitados por monjes que tenían que subir hasta allí en burro o con rudimentarios montacargas para transportar los materiales y provisiones (aún se puede observar alguno), así que no podíamos quejarnos según está ahora.

Actualmente solo hay seis monasterios abiertos al público (algunos más están cerrados, y una docena de ellos fueron destruidos durante la II Guerra Mundial) pagando una entrada mínima. Por lo que creo recordar, no abrían todos los mismos días y además cerraban pronto, así que con ver un par de ellos nosotros ya nos dimos por satisfechos. Supongo que yendo con una excursión organizada sí que hay posibilidad de visitar los seis, pero para hacernos una idea de cómo funcionaban fue más que suficiente. Creo que el más grande al que entramos fue el «Gran Meteoro» (o Monasterio de la Transfiguración). Era curioso ver cómo en una superficie en teoría reducida tenían, además de las cocinas y habitaciones, bibliotecas, salas de meditación, recintos de oración, bodegas, pequeños huertos e incluso un osario repleto de calaveras. Y también sistemas defensivos como cañones y torres  de observación. Pero lo mejor son sin duda las espectaculares vistas panorámicas que hay desde sus balcones exteriores, una auténtica maravilla. Lo que no vimos fue a ningún monje ortodoxo, porque seguramente rehuyen cualquier contacto con los turistas. Solo atisbamos a uno asomado a una torre, con sus características ropas negras y una barba blanca tan larga como la de Gandalf.

Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, pero en este caso ni siquiera las fotografías (y menos con lo nublado que estaba el día) sirven para hacerse una ligera idea de lo que se siente al contemplar estos paisajes, una mezcla entre tranquilidad e inmensidad, no sé cómo definirlo. Por lo visto no soy ni mucho menos el único que quedó impresionado tras verlo, sin ir más lejos el grupo Linkin’ Park llamó Meteora a uno de sus discos a modo de homenaje. A mí es lo que más me gustó de Grecia, por mucho que la fama se la lleve la Acrópolis de Atenas. Lástima que en esa época del año anochece pronto y no pudimos quedarnos más tiempo por allí, aunque por una buena razón: teníamos que regresar a Salónica para seguir descubriendo parajes del norte de Grecia.

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