The leftovers

Título original: The Leftovers
País: 
Estados Unidos
Duración: 3 temporadas, 28 capítulos (60 mins. aprox. cada uno)
Años: 2014-2017
Creadores: Damon LindelofTom Perrotta
Directores: Mimi LederCarl FranklinPeter Berg y otros
Reparto: Justin TherouxCarrie CoonChristopher EcclestonAmy BrennemanMargaret QualleyChris ZylkaAnn DowdScott GlennLiv TylerKevin CarrollJovan AdepoRegina KingJasmin Savoy BrownEmily MeadeMax CarverCharlie CarverPaterson JosephJanel MoloneyMichael GastonLindsay DuncanBill Camp
Género: Drama. Intriga. Fantasía.
Mi puntuación:  8 / 10

Títulos de crédito iniciales:

El 14 de octubre de 2011, el 2% de la población mundial desapareció repentinamente, se “evaporó” sin que nadie sepa explicar el motivo ni el lugar al que fueron a parar, algo que como es lógico ha afectado profundamente al 98% restante que no se ha “ido” y que permanece en la Tierra. Así, tres años después, algunas personas como el jefe de policía Kevin Garvey (Justin Theroux) intentan seguir adelante con sus vidas sin pensar mucho en ello, mientras otras como Nora Durst (Carrie Coon) continúan sumidas en el dolor causado por la inexplicable pérdida de sus seres queridos, en su caso, su marido y sus dos hijos, algo que es estadísticamente casi imposible. La “marcha” también provoca un auge de movimientos religiosos de todo tipo, la formación de sectas pseudo-apocalípticas o la aparición de gurús salvadores, algo que iremos conociendo a través de las vivencias de algunos de los habitantes de una ficticia población llamada Mapleton, que fue una de las más afectadas por el suceso y en la cual viven los dos protagonistas que ya he mencionado.

Esta es la premisa de la que partió Damon Lindelof, en base a la novela homónima de Tom Perrotta, para crear su siguiente serie tras el descomunal éxito que cosechó con Perdidos. Las comparaciones con aquella son, por tanto, casi inevitables y aunque en realidad no tengan mucho que ver ni conceptual ni narrativamente, ambas comparten ciertos puntos en común, como que las dos abordan el eterno enfrentamiento entre ciencia y religión o, sobre todo, que están protagonizadas por unos personajes “perdidos” (como ya escribí al comentar aquella) que están viviendo unas vidas que no les llenan en absoluto pero que son incapaces de hacer nada por cambiarlas, sumiéndose así en la desesperanza y ahogándose en una crisis vital de la que no se ven capaces de salir. Y en The leftovers, esto se agrava tras los sucesos de ese fatídico 14 de octubre, que pusieron patas arriba las creencias de toda la población y dividieron a la sociedad entre los que creían que lo que ocurrió se debió a motivos bíblicos y los que buscan razones científicas. Pero, a su vez, esa tragedia también puede suponer una catarsis o un punto de inflexión a partir del cual los protagonistas puedan relanzar su vida de alguna manera. O no.

Su estructura narrativa no sigue para nada los cánones habituales de cualquier otro producto televisivo y está plagada de saltos temporales y de cambios bruscos en la continuidad del relato, ya que cada capítulo parece centrarse en el punto de vista de un personaje y esto hace que, aunque el anterior haya finalizado con un cliffhanger en toda regla, en el siguiente puede que ni se mencione ese asunto o que ya se haya resuelto pero sin mostrárselo al espectador, que solo lo sabrá porque lo comentan los protagonistas. Esto provoca grandes altibajos, sobre todo en los primeros capítulos, alternándose momentos magníficos con otros que no parecen tener mucho interés ni incluso sentido, lo cual en ocasiones provoca la sensación de no saber muy bien qué nos quieren contar en realidad los creadores de la serie… si es que nos quieren contar algo.

Porque más que ser un relato como tal, parece que el objetivo de The leftovers es “simplemente” mostrar al espectador una serie de emociones, conceptos y situaciones tan diversas como la forma que tenemos de afrontar la muerte y la propia vida, la existencia o no del más allá, las relaciones familiares, el instinto maternal, la fe en el sentido de creer en algo (religión incluida, pero no solo eso) o en alguien, el amor, la superación de la pérdida del ser querido, la búsqueda de una identidad propia, la rutina y el vivir de las apariencias, la autodestrucción, la incapacidad para disfrutar y valorar lo que se tiene (hasta que se pierde) y anhelar siempre más, la culpabilidad y la redención, la posibilidad de volver a empezar y muchas otras cuestiones que abordan las personas que no se “fueron” y que nos harán reflexionar acerca de la condición humana, nuestros comportamientos y nuestra forma de pensar. Todo eso está aquí expuesto, en mayor o menor medida y profundidad. Y siempre con un mensaje claro, o al menos es lo que he interpretado yo: mientras no estés bien contigo mismo, lo demás importa poco porque no va a funcionar por mucho que te esfuerces. Pero no es tan fácil estar bien con uno mismo.

La implicación con los personajes es algo fundamental para engancharte a la serie (a esta y a cualquier otra) y aquí lo logramos completamente porque los protagonistas están perfectamente definidos y sus tormentos son fácilmente comprensibles para cualquiera, no cuesta nada ponerse en su lugar. Gran parte del mérito de que esto sea así lo tienen los actores: Justin Theroux carga durante muchos minutos con el peso principal de la historia de forma totalmente convincente, a base de puro nervio y transmitiendo un desasosiego constante, Carrie Coon nos ofrece algunos de los momentos más trágicos y emotivos de la serie y de paso sigue demostrando que es una de las actrices actuales de mayor potencial pese a su aún corta carrera (basta ver sus trabajos en Perdida o, este mismo año, protagonizando la tercera temporada de Fargo), Christopher Eccleston compone con gran acierto un personaje tan complicado y lleno de matices como el del reverendo Matt Jamison, a Scott Glenn le sobra carisma para dar vida al ¿trastornado o clarividente? padre del protagonista, las incorporaciones de la segunda temporada (Kevin Carroll y Regina King, principalmente) se ganan en seguida el interés del espectador, Ann Dowd es la tocapelotas (con perdón) perfecta, capaz de desquiciarnos tanto como al propio protagonista… y así podría seguir con casi todos y cada uno de los miembros del reparto.

Todo ello se remata, esta vez sí (no como en el cuestionado cierre de Perdidos) en un final que me parece magnífico aunque no dé respuestas a alguna de las cuestiones clave como, sin ir más lejos, el por qué de las desapariciones. Pero es que, desde el principio de la serie, comprendemos que eso no va a suceder pese a que a priori sea su principal punto de interés y la gran pregunta por resolver; es otra de las cosas que la diferencia con Perdidos: en aquella el misterio y el suspense que generaba casi “obligó” a sus creadores a dar cantidad respuestas al público para que no se se sintiese “estafado”, mientras que en esta su propio planteamiento deja bien claro que el componente de intriga, pese a estar ahí, es un elemento secundario y que lo que encontrarán los espectadores son preguntas, no respuestas. Así, el último capítulo supone un broche conciso, emocionante, sencillo y a la vez perfectamente hilado durante los ocho episodios de la tercera y última temporada de la serie, que sin duda es la mejor de las tres y certifica que es una serie que va claramente in crescendo. La capacidad de Carrie Coon para relatar el “viaje final” de su personaje Nora (no diré más por no entrar en spoilers) y lograr que el espectador lo visualice en su mente sin necesidad de verlo en imágenes, es uno de los varios motivos por los que funciona tan bien. Y uno de los momentos “seriéfilos” del año.

Obviamente no es una serie “fácil” de ver ya no solo por su tono pesimista sino también porque, a pesar de que desde el principio expone situaciones que te dejan con la boca abierta (sin ir más lejos, la escena con la que arranca el primer episodio), debido a su atípica estructura y la rareza de lo que cuenta, además con explicaciones mínimas, cuesta mucho hacerse a ella en la primera temporada. Durante muchos minutos te estarás preguntando qué está pasando o qué importancia tiene en la trama global, esto ya no solo en esa primera temporada sino en toda la serie, pero si logras obviar eso y te dejas llevar sin intentarle dar una explicación racional a lo que estás viendo (y mira que yo soy de esos que le buscan la lógica a todo), podrás disfrutar de un espectáculo intenso, conmovedor, desconcertante, en ocasiones duro y casi siempre triste pero siempre fascinante, de los que te hacen pensar y sentir a la vez. Además, toda la serie está perfectamente rodada, con no pocas secuencias impactantes que serán difíciles de olvidar para quien las vea (como casi todas en las que el protagonista “viaja al más allá”) y aún más escenas cargadas de simbolismo que cada espectador puede interpretar a su propia manera. El resto de aspectos técnicos también están pulcramente cuidados, destacando asimismo una excelente banda sonora en la que se alternan las composiciones originales de Max Ritcher (en este enlace podéis escuchar las de la primera temporada) con versiones instrumentales de canciones tan conocidas como Nothing else matters o Wherever I may roam de Metallica, espléndidamente interpretadas por los violoncellos de Apocalyptica, o la mítica Where is my mind? de los Pixies, a piano.

Así que no se la recomendaría a todo el mundo, pero quien se “atreva” con ella y conecte con sus personajes disfrutará de lo lindo, incluso teniendo en cuenta lo que ya he comentado antes… que no es una serie que desprenda positivismo, precisamente. Pero, quizás por eso mismo, el análisis y las reflexiones que lanza acerca de nuestra sociedad y del propio ser humano me han parecido tan realistas y me han hecho valorarla aún más con el paso de los días que justo tras el momento en que la terminé. Deja “poso”, y eso siempre es bueno.

«Lo que ocurrió aquel día 14 fue solo una prueba para lo que vendría después. Una prueba para lo que está pasando ahora.» (Matt Jamison)
«Aún no están listos para sentirse mejor. Están listos para explotar.» (Kevin Garvey Jr.)
«Nada te parece suficiente porque todo hombre se rebela contra la idea de que “esto es”. Y se ponen a luchar contra molinos de viento y a salvar doncellas, siempre en busca de un propósito mayor…» (Kevin Garvey Sr.)

«Seamos sinceros, Kevin. Hay gente que intenta suicidarse para llamar la atención y gente que lo hace porque de verdad quiere morir. Como tú y yo.» (Patti Levin)
«Ella lo sospechó todo el tiempo, y ahora lo sabía. Él era un cobarde, un cobarde vestido con el uniforme de un hombre valiente. Lo suficientemente valiente como para cruzar dos océanos y un continente para encontrarla pese a que, en realidad, estaba aterrorizado. Tenía miedo de ella, de tumbarse a su lado, de que le consolase mientras lloraba, de mostrarle lo pequeño que era y que ella lo supiera, tocara su mejilla y le susurrase palabras dulces al oído. Todo fue una pesadilla, porque lo único que en realidad sabía hacer era correr. Así que tomó una bocanada de aire, saboreando la sal en su lengua, y cerró los ojos mientras su barco aceleraba y navegaba hacia el horizonte. Estaba solo. Y así estaba bien.» (Kevin Garvey Jr.)
«Y entendí que, en aquel mundo lleno de huérfanos, ellos eran los afortunados porque se tenían los unos a los otros… y yo ya era solo un fantasma, mi lugar no estaba allí.» (Nora Durst)

«Te creo Nora, porque estás aquí.» (Kevin Garvey Jr.)

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