El gran dictador


Título original:
 The great dictator
Duración: 2h 5mins
País:
 Estados Unidos
Año: 1940
Director: Charles Chaplin
Guión: Charles Chaplin
Reparto: Charles ChaplinPaulette GoddardJack OakieReginald GardinerHenry DaniellBilly GilbertMaurice MoscovitchBernard GorceyGrace HayleCarter DeHaven
Género: Comedia. Drama.
Mi puntuación:  10 / 10

Como no solo de estrenos vive el cinéfilo, ya va siendo hora de “dedicarle” una entrada a uno de mis cineastas favoritos, el maestro Charles Chaplin. Aunque lo que pueda decir nunca hará justicia a una de las personas más importantes de la Historia del Cine, a alguien que lleva más de cien años haciendo reír y divertirse con sus ocurrencias a gente de diversas edades y generaciones distintas, un logro que no creo que pueda decirse de (casi) nadie más. Y con el añadido de que en varias de sus comedias incluye elementos ciertamente críticos y duros con la sociedad en la que le tocó vivir, especialmente en dos de sus obras cumbres como son Tiempos modernos o, la que más me gusta de toda su filmografía, El gran dictador.

En esta película, el genial humorista británico nos narra su particular punto de vista sobre la dictadura nazi alemana y de la intolerancia racial por extensión, interpretando a dos personajes de idéntico físico pero totalmente distintos en todo lo demás. Por una parte tenemos a un barbero judío que vuelve a su hogar con amnesia tras combatir en la Gran Guerra defendiendo, paradójicamente, a su Tomania natal (la representación de Alemania), motivo por el que tarda en comprender qué es lo que está sucediendo en el gueto en el que vive, y por otra parte tenemos al temible dictador del país, Astolfo Hynkel (obviamente, la versión satírica de Adolf Hitler).

Mientras la parte de la historia protagonizada por Hynkel es esencialmente cómica, la trama que transcurre en el gueto adquiere un tono mucho más serio por momentos al reflejar la persecución que sufrieron los judíos y las pocas opciones que tuvieron para hacer frente al régimen nazi, por mucho valor y resistencia que intentasen oponer algunos de ellos. Aunque en esta parte tampoco se deja de lado la comicidad, como bien demuestran las secuencias de los sartenazos o la memorable comida de los pudins (no en vano, el barbero judío no deja de ser una revisión del mítico personaje de Charlot), algunas otras situaciones que se dan en ella tienen una carga dramática capaz de borrarte cualquier atisbo de sonrisa del rostro.

Aunque las mejores escenas del filme, en mi opinión, son las ocurrentes sátiras que vemos de la ideología nazi en general y del dictador alemán en particular, como por ejemplo en esos discursos en los que Hynkel grita sin control ante su público buscando así que sus argumentos parezcan ser más acertados (aunque este gag puede hacerse un poco repetitivo, no deja de ser una ácida visión de los discursos del Führer), o cuando en su entorno privado evidencia ante cualquier nimio contratiempo su irascible carácter o expresa algunos de sus delirios más íntimos («¡Un mundo de rubios, dominado por un moreno!»), así como en aquellas secuencias que reflejan la “ceguera” e incluso incompetencia de sus seguidores. Y cómo olvidarse de esas sublimes metáforas visuales que se explican por sí solas, especialmente la que nos muestra al dictador jugando con un globo terráqueo como si fuera un niño caprichoso hasta que termina rompiéndolo. Creo que es una de las escenas más icónicas del séptimo arte, capaz de expresarlo todo sin decir nada.

Y, por supuesto, no me olvido de ese último tercio de película en el que hace acto de presencia el compañero y a la vez rival de Hynkel, el italiano bacteriano Mussolini Benzino Napoloni. Su llegada a Tomania es realmente hilarante, así como los saludos brazo en alto con su colega de “profesión”. El duelo de egos que mantienen ambos y del que Hynkel sale bastante mal parado en casi todas las ocasiones (genial la escena de la recepción en el despacho de su palacio y la de la barbería) es una acertada y divertidísima crítica de Chaplin hacia el narcisismo de los dictadores reales, quizás empeñados en demostrar su ¿grandeza? para ocultar tras esa imagen todos sus complejos.

La labor de los actores es encomiable, desde una Paulette Godard que protagoniza algunos de los momentos más emotivos de la película hasta el desternillante Jack Oakie en la piel de Napoloni, sin olvidarme del aplomo que aporta Maurice Moscovitch en el rol del veterano judío Mr. Jaeckel ni de Billy Gilbert haciendo del patoso consejero nazi llamado Herring (parodia de Göring, el comandante de las fuerzas de la Luftwaffe). Pero por encima de todos ellos brilla Charles Chaplin, tanto por su habitual expresividad y comicidad física como, por primera vez en toda su carrera, por su voz. Porque esta fue la primera película sonora de un cineasta que hasta entonces había “resistido” y seguía rodando películas mudas en contra de la corriente mayoritaria. Pero, ya que “cedió” y se puso a hablar, qué mejor manera de hacerlo que dejando para la posteridad un discurso tan abrumador, enérgico y emotivo como el que cierra el filme, del que transcribo una parte al final de este post.

Estrenada en pleno transcurso de la II Guerra Mundial (el rodaje empezó apenas una semana después de estallar el conflicto en Europa), aunque antes de que Estados Unidos entrase en ella, puede que a día de hoy para algunos (entre los que no me incluyo porque a mí me hace reír a carcajadas) no funcione como comedia de forma tan redonda como sí lo hacen otras de las obras maestras de Chaplin. Pero su valentía, su ironía y su sentido de denuncia siguen siendo tan loables, eficaces e incontestables como en el momento en que se estrenó. Es una obra maestra del cine que todo el mundo debería ver al menos una vez en su vida por su valor cinematográfico y, quizás más aún, por la importancia de su mensaje antirracista.

(Aquí podéis ver el discurso final entero en versión original subtitulada y aquí en español,
a continuación dejo el que para mí es su mejor fragmento)

“… el camino de la vida puede ser libre y hermoso,
pero lo hemos perdido.
La avaricia ha envenenado las almas de los hombres,
ha levantado barreras de odio,
nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa
p
ero nos hemos encarcelado nosotros mismos en ese progreso.
La maquinaria, que nos da abundancia,
nos ha dejado en la indigencia.
Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos;
nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos.
Pensamos demasiado y sentimos muy poco.
Más que máquinas, necesitamos humanidad.
Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.
Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá.”

 

 

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