Whiplash

WhiplPost.
Título original:
 Whiplash
Duración: 1hr 43mins
País: 
Estados Unidos
Año: 2014
Director: Damien Chazelle
Guión: Damien Chazelle
Reparto: Miles TellerJ.K. SimmonsPaul ReiserMelissa BenoistAustin StowellNate LangChris MulkeyJayson BlairSuanne SpokeDamon Gupton
Género: Drama.

Mi puntuación:  9 / 10

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Trailer subtitulado en español:

¡Cómo se nota en los cines (y en otros «sitios») que estamos en temporada de premios! Cada semana llegan nuevos peliculones que me hacen pensar que son de lo mejor que he visto últimamente, como Birdman el viernes pasado, pero siete días después quedan un tanto eclipsados por un nuevo estreno como el de Whiplash, que aterriza hoy en las carteleras españolas y que me ha parecido no «de lo» mejor sino «lo» mejor que he visto del cine de 2014. Aunque en este caso no creo que ni la semana que viene ni las siguientes vea otra nueva película que me haga cambiar de opinión una vez más, porque dudo que alguna de las próximas novedades pueda parecerme tan intensa, tan viva y, en definitiva, tan memorable como ésta.

Y eso que a priori su historia, que básicamente narra los esfuerzos de un chaval llamado Andrew Neyman (al que da vida Miles Teller) por convertirse en uno de los mejores bateristas de jazz del mundo pese a los abusivos métodos de enseñanza a los que le somete su reputado profesor Terence Fletcher (interpretado por J.K. Simmons), no me parecía especialmente novedosa ni interesante, ya que el jazz nunca me ha llamado demasiado la atención. Bueno, eso era así hasta ahora, porque la película me ha demostrado que este tipo de música puede ser tan contundente y furioso como jamás hubiera imaginado. Y lo hace desde el primer segundo de su metraje, ya que arranca con la pantalla en negro mientras escuchamos cada vez más cerca y más fuerte a alguien (Andrew) tocando apasionadamente una batería hasta que el profesor interrumpe su ensayo.

Así, simplemente con esa primera secuencia podríamos resumir lo que veremos durante los 100 minutos siguientes: golpes y más golpes de batería a ritmo frenético y un extraordinario duelo entre el ambicioso estudiante y el tiránico profesor. J.K. Simmons interpreta de forma realmente salvaje a este último, haciendo que el mítico sargento Hartmann de La chaqueta metálica parezca una abuelita educada a su lado. Pero en esta ocasión el instructor no tiene frente a él a un tipo tan frágil mentalmente como lo era el recluta «Patoso» de la genial película de Kubrick, sino a un chico dispuesto a darlo todo por conseguir su sueño, tozudo, vehemente, sacrificado y con un punto de soberbia, como todo genio que se precie debería tener (sin pasarse) porque eso suele ir ligado a la alta competitividad. En definitiva, dos gallos en un mismo corral intentando humillar (literalmente, sobre todo en el caso del profesor) a su «enemigo» en un pulso constante, genialmente interpretados por dos actores que saben que tienen un «caramelo» entre manos y le sacan el máximo partido posible dando el máximo de sí mismos. Simmons ya ha ganado con total merecimiento el Globo de Oro y está entre los recientes nominados al Oscar al mejor actor de reparto, mientras que Teller no ha obtenido tantos reconocimientos pero no creo que su actuación esté muy por debajo de la de su compañero de reparto porque realiza una interpretación físicamente durísima que saca adelante a base de sangre, sudor y lágrimas (literalmente), en un derroche de brío y genio.

Y mientras asistimos a ese duelo es inevitable preguntarnos hasta qué punto son aceptables los métodos que utiliza el profesor. Un tema que, por cierto, hace algo más de un año estuvo muy en el candelero en nuestro país a raíz de las denuncias de las chicas de natación sincronizada contra su antigua preparadora. En mi opinión, hasta cierto punto es comprensible, incluso recomendable, que los preparadores de talentos (ya sean artísticos, deportivos, etc.) sean duros con sus pupilos porque así les harán más competitivos, conseguirán que se esfuercen más aunque solo sea por llevarles la contraria, les harán poco a poco ser más fríos y menos vulnerables y eso beneficiará al propio alumno en el futuro siempre que su meta sea estar entre los más grandes y no solo «pasar el rato». Si se les aplaude de forma constante hagan lo que hagan, o todo son buenas palabras, o no se les muestra cierta disciplina, lo más probable es que la mayoría se «acomode» y no se esfuerce lo suficiente. Aunque una cosa es ser duro y otra someterles a humillaciones públicas, y lo complicado del asunto es saber donde está la línea que separa ambas cosas. Probablemente, el límite será distinto en cada persona ya que cada uno es capaz de aguantar las críticas o los agravios de forma diferente, y una misma situación podría motivar extremadamente a alguien y estresar hasta el colapso a otro.

Aparte de eso, la película también plantea algo tan interesante cómo el saber hasta dónde es bueno tener ilusión por alcanzar unas metas y a partir de qué punto esa ilusión empieza a tornarse en obsesión enfermiza. Eso es lo que le sucede al chaval protagonista, se obceca y se esfuerza tanto en luchar por sus objetivos que llega a un punto en el que casi parece haber perdido el contacto con la realidad, pasando de parecernos (al menos a mí) un tipo admirable por su tesón y entereza al principio a ser alguien a quien no nos gustaría asemejarnos en nada por sus chulescos modales y su cabezonería ¿sin sentido?.

Lo mejor es que gracias a todo lo ya comentado, así como al vertiginoso ritmo que el jovencísimo director Damien Chazelle (29 añitos) imprime a su película y al ágil montaje de la misma, el tiempo pasa volando y cuando te quieres dar cuenta estás presenciando una de las mejores secuencias finales que he visto últimamente. Un final apoteósico en el que certificamos que en realidad la relación entre el profesor y el alumno siempre ha sido de amor-odio, de necesidad mutua a pesar del manifiesto desprecio que sienten el uno por el otro. Todo ello rematado de la misma forma que empezó el filme: con dos baquetas golpeando sin cesar una batería antes de que la pantalla se funda en negro para dar paso a los títulos de crédito. Un cierre repentino que te deja con ganas de más, aunque en realidad la película continuará durante un buen rato en tu cabeza mientras piensas en si el final ha sido «bueno» o «malo» para nuestro joven protagonista.

Puede que el guión fuerce un poco ciertas situaciones de la trama para llevarnos a donde su autor quiere, lo cual le resta algo de realismo a la historia de forma evidente (la secuencia del accidente es casi de telenovela de Antena 3, por ejemplo). Pero al contarnos la historia con tanta pasión, con tanta energía, con tanta vida… esas pequeñas licencias del guión se le perdonan porque además sirven para potenciar su ritmo aún más si cabe y para dar mayor fuerza a su mensaje. Ojalá hubiera menos películas académicamente perfectas pero frías, o menos guiones ingeniosos aunque expuestos de forma apática, y más obras irregulares y exageradas pero tan impetuosas y vibrantes como esta. ¡Lo bien que nos lo pasaríamos!

 No existen dos palabras más dañinas que «Buen trabajo».

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